El día jueves
22 de diciembre desperté a las 6:30 am con la alarma que había puesto el Bryan.
Él estiró la mano para tomar el celular y apagarla, y luego me dio un beso en
la frente. Levantó las frazadas para poder levantarse, y yo intenté rodear su
cuerpo con mis brazos.
—Quédate un ratito más —le
rogué—. Hace frío.
Él se rió y volvió a acostarse conmigo.
—Cinco minutos nomás —advirtió, y
buscó mis labios para besarme, antes de abrazarme con fuerza.
Sentí su piel caliente a través
de nuestros pijamas. Ambos teníamos cierta intolerancia al frío, así que
dormíamos con ropa interior y una polera. Pasé mi mano por debajo de su pijama,
y acaricié su espalda, antes de disponerme a seguir durmiendo.
Al cabo de cinco minutos, el
Bryan se levantó definitivamente. Abrí los ojos por un par de segundos, y lo vi
de espaldas, cepillándose los dientes frente al espejo del lavamanos. Cruzamos
miradas a través del reflejo. Le sonreí adormecido, él me lanzó un beso
silencioso, y yo volví a quedarme dormido.
—Nos vemos en la tarde. Te amo —me
dijo el Bryan despertándome para despedirse. Me besó en los labios y se dio la
media vuelta para salir de la habitación. Me quedé a solas y volví a dormir
otro rato más.
Cerca de las 9:30 volví a
despertar, pero esta vez definitivamente. Me levanté, me bañe y bajé a tomar
desayuno.
Cuando el Bryan llegó a Chiloé en
marzo, hizo un reemplazo de dos meses en urgencias, y luego se liberó una
vacante en UCI, donde quedó trabajando de día. Yo en cambio, seguía haciendo
turnos en urgencia.
En el hospital apenas nos
veíamos, ya que estábamos en áreas diferentes y en modalidades de trabajo
distintas, pero cuando coincidíamos en horarios (yo haciendo turnos de día)
almorzábamos juntos.
—No puedo creer que estén juntos —me
dijo la Caro, mi compañera de turno cuando se dio cuenta que nos tomábamos de
la mano durante uno de los primeros almuerzos que compartíamos después de que
el Bryan se fuera a UCI.
—¿Por qué? —le pregunté un poco
confundido por su comentario.
—Por tonteras nomas. Es que la
Leti, de la UCI me había dicho que había llegado el medio mino a trabajar al
piso. Y uno tiende a asumir que un mino es hetero a no ser de que se indique lo
contrario —explicó ella, y el Bryan se puso rojo.
—¿Te ha tratado bien la Leticia? —le
pregunté al Bryan.
—Es simpática —respondió él,
escueto, aún sonrojado. Ese mismo día al llegar a la casa, el Bryan me contó
que ya le había contado a la Leti de nuestra “relación”, que si bien ella no se
le había insinuado directamente, sí habían estado conversando casualmente y el
tema salió espontáneamente. Actualmente, después de nueve meses ambos se
hicieron muy amigos.
Mientras tomaba desayuno en el
comedor, me quedé pegado mirando el árbol de navidad, que estaba cruzando el
marco de la puerta que daba a la sala de estar.
—¿Cuándo se va a visitar a su
familia, Larry? —me preguntó la Señora Cecilia, entrando al comedor por la
puerta de la cocina. La dueña de la casona nos había permitido arrendar una
pieza con dos camas individuales para que viviéramos con el Bryan. El precio
que nos cobraba era demasiado conveniente, y solo quedaba a quince minutos del
hospital en bicicleta. De todas formas,
le ayudaba en todo lo que podía ahí en la casona, como había hecho cuando
llegué mochileando a la Isla Grande. Me cambié de vuelta con ella, ya que en la
pensión donde estuve los primeros meses de trabajo, que estaba a cinco minutos
a pie del hospital, no me permitieron alojarme con el Bryan pagando lo mismo,
aunque estuviéramos compartiendo la cama individual, así que arrendó una pieza
contigua, pero luego la dueña de casa nos quiso aumentar el arriendo,
argumentando que sería igual con todos los inquilinos; comprobamos que no era
así, solo nos quería fuera por nuestra relación, asi que nos fuimos de ahí. La
Señora Cecilia nos recibió con los brazos abiertos y no se mostró incómoda por
nuestra relación sentimental.
—Mañana temprano nos vamos —le
respondí. Ese día jueves era el último que trabajaba el Bryan, y yo entraría a
mi último turno esa tarde a las ocho, y saldría a la mañana siguiente. Teníamos
planeado tomar el avión en Puerto Montt a las 11:40am con rumbo a Antofagasta.
Yo había pedido a mis colegas que me cubrieran un par de turnos y yo los
retomaba cuando quisieran, en año nuevo inclusive, y ellos, entendiendo la
distancia que me separaba de mi familia, accedieron.
Durante la tarde ayudé a la
Señora Cecilia en la casona, recibiendo veraneantes y atendiendo sus
necesidades. El Bryan llegó cerca de las seis de la tarde, y me saludó con un
beso y un abrazo.
—¿Estuviste todo el día aquí
trabajando? —me preguntó.
—No, dormí un poco en la tarde —mentí.
No le gustaba cuando me iba a trabajar habiendo estado despierto todo el día
porque se preocupaba por mi cansancio.
—¿Hiciste tu bolso? —cambió de
tema, y sonrió con emoción.
—No, ahora lo haré —le respondí con
alegría también, ansioso por la idea de volver a ver a mis padres después de
tanto tiempo.
Con el Bryan no habíamos vuelto a
Antofagasta desde la ceremonia de titulación en marzo, y les habíamos dicho a
nuestras familias que no iríamos para las fiestas porque había sido imposible
organizar los tiempos, así que la idea era sorprenderlos cuando nos vieran
llegar.
El Bryan me ayudó a preparar mi
bolso, que más que ropa, llevaba los regalos para mis seres amados en el norte,
aparte de útiles de aseo. Mismo caso con el bolso de él.
En la tarde, el Bryan me acompañó
caminando hasta el hospital, ya que no me iría en la bicicleta como todos los
días, porque al otro día nos iríamos directo desde el hospital al terminal, y
no queríamos dejar la bicicleta ahí botada en el hospital.
El turno estuvo bastante
tranquilo durante la noche, pero cerca de las siete de la mañana empezó a
aumentar la llegada de pacientes por un choque de dos vehículos que resultó en
volcamiento. El atender esa emergencia nos llevó mucho trabajo y tiempo, y
cuando eran ya las ocho, mi horario de salida, no pude retirarme. La emergencia
ameritaba que continuara en mi trabajo hasta controlar la situación, mientras
el Bryan me llamaba al celular y no le podía contestar. Cuando ya eran las 8:45
recién me desocupé y llamé de inmediato al Bryan por celular.
—Perdóname por no salir antes,
estaba muy cuático todo —me disculpé con el Bryan.
Me di una ducha rápida, me cambié
de ropa y salí a encontrarme con el Bryan. Nos saludamos con un fuerte abrazo,
lo que me hizo sentir de golpe el cansancio de la jornada laboral, y me dieron
ganas de irnos a la casona y dormir por horas, abrazados en la cama.
Llegamos al terminal y tomamos
justo el bus que salía a las 9:30. Una vez nos embarcamos, comencé a verbalizar
la ansiedad.
—No vamos a alcanzar —le dije al
Bryan.
—Tranquilo, sí alcanzaremos —me
intentó calmar.
—Debiste haberte ido a Puerto Montt
nomas, por último yo me quedaba acá.
—¿Cómo se te ocurre? —se rió—. No
te voy a dejar botado —dijo, e intentó calmarme con un abrazo.
Me dejé tranquilizar por él, ya
que no había nada más en nuestras manos que pudiésemos hacer. Me quedé dormido
antes de llegar a Chacao, y desperté cuando llegamos al terminal de Puerto
Montt.
—¿Cómo dormiste? —me preguntó el
Bryan.
—Mas o menos —sentía como si solo
hubiera pestañeado.
El bus llegó a destino diez
minutos antes de la hora planificada, así que nos daba un poco de esperanza de
poder alcanzar a tomar el avión. Tomamos un taxi en el terminal faltando veinte
minutos para el despegue de nuestro vuelo, pero el tráfico nos detuvo por mucho
tiempo, y llegamos al aeropuerto a las 11:50, rogando por un atraso en el
despegue del avión.
Lamentablemente el avión ya había
despegado, así que perdimos nuestro vuelo. Preguntamos si era posible
embarcarnos en algún próximo vuelo, pero en la aerolínea nos dijeron que
estaban todos los vuelos reservados, que nos podrían poner en lista de espera,
pero en esas fechas era difícil que corriera la lista. Finalmente nos
ofrecieron volar hasta Santiago, que había un vuelo disponible en la tarde,
pero que no tenían asientos disponibles en vuelos hacia Antofagasta. Tomamos el
vuelo ofrecido, que salía a las 7 de la tarde, y al aterrizar en Santiago
tuvimos que buscar alguna posibilidad.
Había un vuelo que salía a las
once de la noche, pero solo había un asiento disponible.
—Si quieres lo tomas, estás más
cansado que yo —me ofreció el Bryan.
—¡No! —respondí tajantemente—.
Vamos a viajar juntos.
Finalmente nos encontraron
asientos disponibles en el vuelo del mediodía siguiente hacia Antofagasta, así
que pasamos la noche en el aeropuerto esperando.
Buscamos un rincón en la sala de
espera, ya que los asientos estaban la mayoría ocupados por gente durmiendo,
separados entre sí por un asiento (el derroche). Nos abrigamos un poco, y el
Bryan me dio un abrazo.
—Perdona por hacerte pasar por
esto —le dije, sintiéndome culpable por la travesía.
—No te preocupes, Larry —me
tranquilizó con una sonrisa que reflejaba su cariño por mí—. Aparte, ha sido
entrete igual, andar corriendo para todos lados, buscando alternativas de
vuelos… no puedes negar que ha sido adrenalínico.
El Bryan tenía tendencia a ver el
lado positivo de las cosas.
—Si, tienes razón —me reí—. No
habría sido lo mismo sin ti —reconocí, y le di la mano, entrecruzando nuestros
dedos.
Él siempre aceptaba esas muestras
de cariño, sin importarle donde estuviéramos. Nos podíamos tomar de las manos,
abrazarnos cariñosamente, e incluso, darnos un tierno beso en público sin que
él se espantase.
Él apoyó su cabeza en mi hombro,
y yo apoyé la mía en la suya. Nos quedamos mirando el enorme árbol de navidad
que adornada el aeropuerto a lo lejos.
—¿Estás nervioso? —le pregunté al
Bryan, después de unos minutos de silencio, y un leve apriete con sus dedos me
indicó su respuesta.
—Un poco —respondió—. Mucho.
Resulta que el Bryan me contó que
había salido del closet ante sus padres la noche anterior a viajar a Chiloé.
Durante la cena les anunció que estaba muy enamorado de una persona y que iba a
hacer lo imposible por estar con él (yo).
—Karen siempre me pareció una muy
buena chica, nunca entendí por qué terminaron —había comentado su padre,
pensando que se refería a su ex polola.
—No estoy hablando de la Karen
—le respondió el Bryan, mientras el Pedro, su hermano, lo miraba con orgullo—.
Estoy hablando del Larry. Mañana me voy a Chiloé a verlo.
Un silencio se hizo en la mesa
del comedor. Su padre estaba atónito, con el puño cerrado sobre la mesa,
mientras su madre bajaba la mirada. El Pedro estiró la mano para tomar la suya,
en señal de apoyo.
—Si piensas que él es el
indicado, puedes hacerlo —dijo su madre después de unos minutos, tras aclararse
la garganta—. No te puedo decir que no lo hagas. Eres mi hijo, y te amo. Te amamos.
Su padre permaneció en silencio,
hasta que se levantó de la mesa, diciendo un escueto “permiso”, y se fue a su
habitación.
—Tú sabes cómo es —dijo la madre,
intentando tranquilizar a su hijo—. Le cuestan un poco estas cosas, pero se le
pasará.
Al día siguiente el Bryan se
quiso despedir de su papá, antes de partir al aeropuerto, pero él seguía
encerrado en su habitación, así que se había ido al sur sin despedirse.
Por eso el Bryan estaba nervioso.
Volvería a ver a su padre después de mucho tiempo, y no estaba seguro de cómo
reaccionaría. Si bien, habían hablado por teléfono de vez en cuando durante los
nueve meses de distancia, la prueba de fuego sería en vivo y en directo.
—Todo va a salir bien —intenté
tranquilizarlo—. ¿Quieres que te acompañe mañana cuando vayas por primera vez a
tu casa?
—No, prefiero estar solo con
ellos. Si mi papá te ve quizás le dará un ataque —sonrió sin ganas.
Nos acomodamos en el piso,
acostados usando nuestros bolsos como almohadas, y nos pusimos a dormir.
Al día siguiente, tomamos el
avión pasado el mediodía, y aterrizamos en la ciudad cerca de las tres de la
tarde. Tomamos un transfer y cada uno para su casa.
Cuando entré a mi hogar,
sorprendí a mis padres que estaban haciendo sobremesa después de almuerzo. Se
levantaron emocionados al verme llegar de sorpresa y me abrazaron con amor.
Mi madre me sirvió un plato de
ensalada con atún, un almuerzo liviano ya que en la noche habría una cena más
contundente.
—¿Y el Bryan?, ¿se quedó allá?
—me preguntó mi papá, cuando mi mamá tomaba asiento en la mesa con nosotros.
—No, viajamos juntos. Fue toda
una odisea —les expliqué todo el drama del viaje y ellos se mostraban
preocupados y entretenidos por mi forma de contar la historia.
—¿Va a venir a cenar entonces?
—preguntó mi madre, entusiasmada.
—No sé si venga a cenar. Quizás
viene mañana a pasar el rato —les expliqué que habíamos decidido que ambos
pasaríamos la Noche Buena con nuestras familias, y luego el 25 nos
visitaríamos.
Terminé de comer, y me acerqué al
living para ver mejor el árbol de navidad. Estaba adornado con bolas de color
rojo y dorado, y con fotos de la familia colgando de las ramas, la mayoría eran
mías de cuando era pequeño, enmarcadas en un rectángulo de madera.
—Que bonito esto de las fotos
—comenté—. ¿De dónde sacaron la idea?
—La Ale —le vecina de enfrente—
me dio la idea cuando vino a conversar sobre las nuevas alarmas vecinales.
Justo estábamos sacando las cajas de adornos cuando vino —me explicó mi mamá—.
Dijo que su hermana ponía fotos familiares en el árbol. Le daba un toque
personal.
Después de conversar harto,
poniéndonos al día con nuestro año laboral, ayudé a mis padres a preparar la
cena (carne al horno con puré de papas),
y ya cerca de las diez de la noche nos sentamos a cenar, con villancicos como
música ambiental, y luego fuimos a abrir los regalos. Mis padres me habían
comprado un libro como regalo de navidad (“Te Daría el Mundo”), y una polera
con el logo de la plataforma 9¾, y además me entregaron el regalo de
cumpleaños, que me habían comprado, pero obviamente no me lo entregaron por la
distancia. Pretendían guardarlo hasta que viniera a visitarlos. Era un libro
sobre cine.
Estuvimos disfrutando y
compartiendo el resto de la noche, felices de poder estar juntos nuevamente en
una fecha tan especial como la navidad, dándonos cariño amor y respeto.
A medianoche, antes de acostarme
a dormir llamé por teléfono al Bryan.
—Feliz Navidad —le dije apenas
contestó.
—Feliz Navidad para ti también,
Larry —me deseó genuinamente.
—¿Todo bien allá? —pregunté con
curiosidad.
—Todo bien —respondió
escuetamente—. ¿Mañana nos vemos en tu casa y luego en la mia? —propuso.
—Esta bien —acordé, feliz de que
ya tuviera todo planificado.
Nos deseamos buenas noches y me
dispuse a dormir.
Al día siguiente, el Bryan vino a
mi casa. Saludó con nerviosismo a mis padres, quienes lo recibieron con un
afectuoso abrazo.
—¿Cómo has estado, Bryan? —le
preguntó mi mamá.
—Bien, tía, ¿y usted, ustedes?
—respondió él, dirigiéndose a mis padres.
—Muy bien.
Mi papá le dijo que tomara
asiento, mientras yo fui a la cocina a buscar algo para comer y beber. Al
volver, el Bryan ya estaba más relajado, conversando con mis padres como lo
hacía siempre cuando venía a mi casa a estudiar.
Me senté en el brazo del sillón
al lado del Bryan, para no interrumpir su plática.
—¿Y ustedes están… pololeando?
—preguntó con curiosidad e indiscreción mi padre.
El Bryan se volteó a mirarme con
complicidad, y respondimos al unísono.
—Si.
Mi mamá se alegró mucho y se
levantó a abrazarnos de inmediato. Mi papá fue más sobrio pero de todas formas
se alegró mucho por nosotros.
La verdad era que yo ya le había
contado a mi mamá sobre lo que pasaba con nosotros en líneas generales, pero
nunca le había dicho como había sido todo. Durante la segunda semana de julio
con el Bryan habíamos ido a visitar el Fuerte Ahüi. Salimos en la mañana con
buen clima, le pedimos prestadas un par de bicicletas a la Señora Cecilia y
partimos. Ya a mediodía el clima cambió y comenzó a llover torrencialmente. Por
suerte llevábamos ropa abrigada e impermeable, pero no fue suficiente. El agua
caída formaba barro a nuestro alrededor y hacía intransitables algunos caminos.
Llegamos al Fuerte cerca de las 2
de la tarde, agotados y ya casi sin ganas de nada, pero igual nos dedicamos a
recorrer y conocer el lugar (hermoso, por lo demás). A nuestro regreso, el
Bryan estaba muy agotado, así que se detuvo a un costado del camino, dejó la bicicleta
tirada y se sentó sobre una roca.
—¿Qué pasó? —le pregunté
preocupado, bajándome de mi bicicleta y sentándome a su lado.
—No puedo más. Estoy muerto —dijo
casi sin aliento.
—Sí puedes, dale, no te rindas
—intenté motivarlo. Él negó con la cabeza y yo solo atiné a abrazarlo—. Nos quedaremos
aquí hasta que tú quieras.
Después de unos segundos nos
dimos cuenta que ya no llovía, no sabíamos cuándo había parado, pero al menos
había dejado de llover. Levantamos la mirada y pudimos recién apreciar el lugar
donde el Bryan había decidido detenerse. Era un mirador, desde donde podíamos
ver un valle frente a nosotros, con dunas irregulares llenas de árboles y
arbustos frondosos. Por aquí y por allá se veían algunas construcciones: Casas,
cabañas e incluso una iglesia en la lejanía, y al fondo, donde las nubes
comenzaron a dar espacio a los rayos del sol, se formaba un arcoíris.
—Qué lindo —comenté impresionado.
—Si —concordó el Bryan.
Nos quedamos ahí abrazados,
mirando el paisaje frente nuestro, por un largo rato. Comenzamos a conversar y
luego sacamos de la mochila nuestros bocadillos que habíamos preparado para el
día. Sacamos el termo, tomamos té mirando la postal y disfrutando de nuestra
compañía.
—No puedo creer que me haya aweonado tanto —dijo ya más tranquilo el
Bryan.
—Tranquilo, yo estuve a punto. Si
no te hubieses parado acá, yo me paraba más adelante y quizás no hubiéramos
tenido esta vista —dije intentando subirle el ánimo—. Incluso cuando no lo
sabes, haces las cosas bien —le tomé la mano y lo miré a los ojos, inspirado
por el escenario que tenía en frente—. Bryan, yo sé que en este tiempo desde
que llegaste he sido súper ambiguo contigo, y tú has sido súper paciente y
respetuoso para no presionarme y exigirme definir lo nuestro. Te juro que me
gustas de verdad, y que si bien, hemos tonteado un par de veces desde que
llegaste —nos reímos con complicidad—, no ha pasado más allá de eso. Quiero
estar contigo, hacerte feliz y acompañarte a otro nivel, más allá de la
amistad. Bryan, quiero ser tu pololo, ¿me aceptas?
El Bryan sonrió y se acercó a
besarme, con pasión y cariño.
—Obvio que te acepto —respondió—.
No pudiste elegir un mejor momento —agregó con una sonrisa.
Mis padres escucharon atentamente
la versión resumida de la historia, donde omitimos que ambos nos sentíamos
pésimo y que por eso nos habíamos detenido.
—Espero que sean muy felices —nos
deseó mi papá.
Con el Bryan subimos a mi pieza
un rato, me acompañó a terminar de arreglarme para ir a su casa.
—Hace rato que no estaba acá
—comentó mientras se acercaba a abrazarme.
—Igual yo —concordé—. Casi no la
reconozco —dije antes de besarlo.
Él sacó de su mochila un paquete
envuelto en papel azul navideño. Y me lo entregó.
—Feliz Navidad, Larry. Te amo.
Se lo recibí con un abrazo, y
antes de abrirlo, de dentro de mi bolso saqué un paquete un poco más grande,
envuelto en papel rojo y se lo entregué.
—Feliz Navidad también, Bryan. Te
amo más.
Nos sentamos en mi cama y abrí
primero el regalo que me dio él. Era un BluRay set con la saga de películas de
Harry Potter.
—De nada —respondió con humildad,
y se dispuso a abrir mi regalo para él. Era un libro con las portadas de los
comics Marvel más importantes—. ¡Wow!, ¡está genial! —dijo con alegría, y me
dio más besos de agradecimiento.
Arreglé mi mochila, donde llevaba
un regalito para el Pedro, el hermano del Bryan, y bajamos. Le pedí el auto a
mi papá y nos fuimos. En el camino, el Bryan me contó cómo había sido su
reencuentro con su padre. Dijo que lo recibió con los brazos abiertos.
—Desde el minuto que me fui se
arrepintió de no haberse despedido de mí. Dijo que no pensaba que lo del viaje
a Chiloé fuera verdad, o que durara tanto tiempo. Igual cuando estaba allá
hablamos por teléfono un par de veces, pero nunca me pidió perdón ni nada, como
que omitía todo. Pero ayer llegué y me abrazó muy fuerte, y me dijo que me
amaba, que lo perdonara por haber sido tan frío, pero que la revelación le
había llegado por sorpresa. Que cando el Pedro salió del closet fue distinto,
porque igual sospechaban de antes, así que estaban “preparados”, en cambio
conmigo no sospechaban nada —me contó—. No supo como reaccionar.
Le tomé la mano en señal de apoyo
y llegamos a su casa.
Sus papás me recibieron de muy
buena forma, y el Pedro apenas me vio se lanzó a abrazarme.
—¡Larry te eché tanto de menos!
—me dijo con alegría.
—Yo también, Pedrito —le respondí
sinceramente—. Te ves guapo así.
Pedro, que acostumbraba a usar el
cabello alborotado, ahora lo tenía muy corto y ordenado.
—Gracias, Larry —sonrió ante mi
cumplido.
El Pedro subió a su habitación y
volvió con un pequeño regalo para mí.
—Mi hermano me había dicho que
vendrían, así que te compré algo —me entregó el regalo.
—Gracias —dije muy sorprendido
por el gesto—. Yo también te traje algo.
Saqué de mi mochila un regalo de
dimensiones similares al que él me había regalado. Ambos abrimos nuestros
regalos y nos sorprendimos al ver que eran muy similares. Él me regaló un tazón
con diseños de la bandera LGBT+, y yo le había regalado uno de un grupo de
K-Pop, que él amaba.
Nos pusimos a conversar, y más
tarde llegó el Victor (pololo del Pedro), y tomamos té todos juntos.
Ya cerca de las diez de la noche,
el Bryan me dijo que si quería salir a caminar un rato y yo acepté.
Salimos al tibio aire de verano
nortino, ambos muy livianos de ropas. Él cruzó su brazo por mi espalda y lo
apoyó en mi hombro, y yo apoyé el mío en su cintura.
—Es tan raro volver —comenzó a
decir—, después de tanto tiempo.
—Si… —concordé—. Nos fuimos
siendo amigos, y ahora volvimos siendo pololos.
—El próximo año vamos a volver
casados y al siguiente volveremos con dos hijos adoptados —comentó en broma.
Me quedé en silencio un rato, con
la imagen de su broma en mi mente. Continuamos caminando hasta llegar a un
pequeño parque a un par de cuadras de su casa. Los pocos árboles presentes en
el lugar habían sido adornados con luces blancas, lo que les daba un aire
navideño al lugar, sumado a las miles de luces que parpadeaban desde los
hogares aledaños.
En la calle y en el mismo parque
habían muchos niños, de distintas edades usando los regalos que les había
traído el Viejito Pascuero la noche anterior. Desde bicicletas y patines, hasta
pelotas de fútbol, autos a control remotos y muñecas.
—Sabes que no soy muy bueno con
los niños. No creo que quiera ser padre alguna vez —le expliqué, al sentarnos
en una banca que estaba desocupada y alejada del resto.
—Si sé, Larry —me acarició la
mano—. Era una broma —se quedó en silencio unos segundos mirándome con una
sonrisa—. ¿Eso quiere decir que te quieres casar conmigo? —me preguntó
emocionado.
Me sonrojé antes de responder.
—Me encantaría casarme contigo,
Bryan —respondí sinceramente—. Pero en primer lugar, acá no podemos; y segundo,
es muy luego para casarnos. Llevamos apenas seis meses pololeando.
—Si sé —aceptó fingiendo
resignación—. Pienso lo mismo. De hecho, quizás llegamos a viejitos, felices
juntos y sin habernos casado nunca.
Nos quedamos ahí sentados
conversando, mirábamos a los niños jugar y recordábamos nuestras navidades de
cuando éramos pequeños. El Bryan creyó reconocer a los hijos de unos antiguos
amigos entre los niños, pero no estaba seguro.
Estábamos tan cómodos y relajados
conversando que no nos dimos cuenta cuando ya había pasado la medianoche.
—Mañana tenemos que levantarnos
temprano —dijo él, anunciando que teníamos que volver a su casa—. Tenemos el
vuelo, recuerda.
Asentí y me puse de pie para
retornar. Él volvió a posar su mano en mi hombro y yo posé la mía en su
cintura.
—Fue un bonito fin de semana
—comenté—. Feliz lo repetiría por el resto de mi vida contigo.
El Bryan me besó en la sien en
señal de concordancia, y continuamos nuestro camino rumbo a su casa.
Recuerdo que era Navidad y tenía que comprar un regalo, estaba algo molesto por haber pillado a Richi, mi mejor amigo gay, con el chico que me gustaba, claro, él no sabía que yo tenía intenciones con alguien. Me pasó por ser tan reservado.
La primera vez que te vi fue al final de la escalera mecánica. Ahí estabas, detrás del mostrador esperando que alguien comprara algo. No quiero ser cursi, pero el día se hizo más lindo con tu presencia, te veías tan rico con esa carita tierna mezclada con tu cuerpo de hombre, tonificado, brazos gruesos. Lo sé, me dejé llevar por la apariencia, pero algo me decía que no era solo eso, para mí fue un flechazo inmediato. Es por eso, que al saber que estarías solo, te invité a pasar la Navidad conmigo jugando a la consola y para mi sorpresa, aceptaste.
Tuviste un detalle muy lindo conmigo: dejaste una nota agradeciéndome el haber estado juntos en Navidad y que no habías querido despertarme en la mañana. Leerte me causó una felicidad tremenda y aunque no te lo dije nunca, esa noche me costó dormir por la erección que tenía al estar cerca tuyo sintiendo tu respiración, tu calor en mi cama y tu olor… sí, tu olor.
En una ocasión, íbamos sentados al final de la micro y yo como siempre, miraba por la ventana perdido en mis pensamientos, cuando sentí tu mano sobre la mía, sentí que me hervía la sangre y juro que te hubiera besado ahí mismo, hoy sabes lo impulsivo que soy, pero la sorpresa me dejó sonrojado y con el pene parado, nuevamente.
Es muy tonto, lo sé, era todo un perdedor antes de conocerte: tímido, solitario y no había tenido relaciones sexuales. Mentía sobre mi calentura y cómo me quitaba las ganas con otras personas, pero la verdad es que antes de tener algo casual, prefería quedarme en casa masturbándome.
Me hacías sentir como un quinceañero: caliente, enamoradizo y con el papel higiénico como mejor amigo en mis noches de insomnio, pensándote.
A la mañana siguiente de nuestra celebración de aniversario, el Huaso me
despertó para tomar desayuno. Entró a la habitación con la bandeja preparada
desde la cocina. Dos tazones con té caliente, una paila con huevo revuelto y un
par de tostadas para cada uno.
—No era necesario que lo hicieras, amor —le dije, cuando estábamos
sentados en la cama comiendo.
—¿Cómo que no?, eres mi invitado y te tengo que tratar bien —se
justificó.
—Ya, si, pero yo nunca te llevo desayuno a la cama cuando te quedas a
dormir en mi casa.
—Pero eso es porque tus viejos siempre preparan el desayuno po. Y el
almuerzo y la once. Ahora que lo pienso, ellos me tratan mejor como invitado
que tu —se rió.
—Puede ser —concordé—. Creo que te quieren mas a ti que a mi.
—¿Y como no?, si soy el yerno ideal.
—Claro que sí lo eres —lo halagué, dándole un beso.
Terminamos de desayunar, y el Huaso se quedó acostado junto a mí. me
acariciaba el cabello, mientras yo conversaba con el Victor por WhatsApp.
—¿De qué conversan? —preguntó curioso mi pololo.
—De la práctica. Me acaba de hacer acordar que el Ignacio me mandó a
hacer una tarea para mañana —le expliqué, un poco malhumorado.
—¿Ignacio el feo? —preguntó con ironía.
—El mismo —me reí.
—Era bien pesao el culiao. O sea, cuando no esta supervisándote
directamente se hace el simpático, pero cuando está encima de ti te webea por
todo —dijo recordando sus primeras semanas de práctica.
—¿Cierto?, pensé que era pesado conmigo nomas, que me había mandado
alguna embarrada.
—Bueno, en vola te pilló mirándole el poto y por eso la mala onda —se
rió.
—Puede ser —me reí también—. No, pero tienes razón. Con el Víctor se
hace el simpático y conmigo es bien pesado. Después cuando el Victor esté en el
rol mío va a ver que se pone pesado el weon.
—Así es.
Me comencé a vestir para irme a mi casa y hacer la tarea, pero el Huaso
no quería que me fuera todavía.
—Quédate un ratito más —me pedía.
—No puedo, no sé cuánto me demore haciendo la wea esa —le expliqué con
resignación.
—Bueno. Pero igual te voy a mandar al correo la tarea que me mandó a
hacer, quizás te sirva.
Me acerqué a besarlo, como señal de agradecimiento.
—Nos vemos mañana —le dije, mirándolo a los ojos—. Te amo.
—Yo también —me sonrió y me volvió a besar.
Se puso de pie y pude ver su erección bajo el short que tenía puesto.
—Perdón por eso —le dije señalando su miembro.
—No tienes que disculparte, es una enfermedad. Pasa cada vez que beso a
la persona mas hermosa del mundo —dijo fingiendo vergüenza.
—Bueno, supongo que se te está pasando la enfermedad, porque no hay ni
rastros de esa persona por acá.
—Idiota —me dijo un poco molesto, y me abrazó—. Si sabes que eres tú —me
besó el cuello—. Avísame cuando llegues a tu casa.
Nos despedimos con un beso y un largo abrazo, y salí de la habitación al
living de la casa. Pasé por afuera de la cocina, donde estaba la Señora Sonia
picando repollo para el almuerzo.
—Hasta luego —me despedí con cortesía.
—Hasta luego mijo, Dios lo bendiga —respondió ella, con su habitual tono
de mujer bonachona, que a mí ya no me engañaba.
Salí de la casa y me fui a tomar la micro.
Al llegar a mi casa, revisé el correo del Huaso y me di cuenta que su
trabajo no tenía nada que ver con el mío, así que me dediqué de inmediato a trabajar.
Al día siguiente, el Ignacio revisó la tarea y me evaluó con una
excelente nota. A pesar de eso siguió siendo muy extricto conmigo durante la
semana. A la siguiente semana, con el Víctor cambiamos de roles, y a él le tocó
estar supervisado directamente por el Nacho, mientras yo me encargaba de la
parte mas “administrativa” y otras tareas menores en la Unidad.
—Es un conchesumadre el Nacho wn —me dijo el Victor a mitad de semana.
—¿Por qué lo dices? —pregunté sorprendido, por su cambio de opinión con
respecto al supervisor.
—Porque si po, me reta a cada rato, que soy muy lento, que debo ser más
atento, y weas así. Aparte se pasa preguntando weas —estaba muy molesto.
—Ya, pero si sabías que era así, yo te lo dije.
—Pero yo pensé que era porque eras tú nomas po. Que en volá se había
dado cuenta que babeabas mirándolo y no le había gustado —explicó, y no pude
contener la risa—. No te rias porque sí se te nota que te lo comes con la
mirada.
—Ya, pero no te enojes —me puse serio—. Mira, el viernes lo más probable es
que te mande a hacer una tarea así que si quieres te mando el mío. Aparte, hoy
en mi casa mientras estudiamos te diré todas las cosas que me preguntaba a mí,
para que lo tengas en cuenta.
—Gracias Larry, wn —me dijo—. Me estoy volviendo a poner más nervioso
que la chucha.
—Tú tranquilo nomas, si ya llegaste hasta acá, no vay a cagarla en las
últimas semanas.
Pasaron las semanas y pude entender por qué el Victor se veía tan
relajado en esa sección. No había mucho que hacer más que ordenar papeles y
otras cosas, y pude tener más tiempo para conversar con los demás profesionales
del área. El Ignacio mostró una faceta más simpática conmigo las veces que se
acercaba a conversar en algún momento de relajo, y conocí más de cerca a Anita,
la paramédico que tenía vuelto loco al Victor, y me di cuenta que el
sentimiento era mutuo.
—¿En serio te preguntaba por mí? —me preguntó incrédulo el Victor cuando
le conté.
—¡Si! —respondí—. Bueno, solo me preguntó como estabas, que te había
visto temprano y te veías nervioso.
—Es que el Ignacio me había dicho que me iba a interrogar —explicó.
—Si po, si sé. Le dije que estabas nervioso por eso nomas.
La noticia le dio razones para vivir al Victor, y desde ese día no hubo
como bajarlo de la nube.
Al terminar la semana final, el Ignacio nos entrego nuestras evaluaciones,
y nos aprobó a ambos con nota siete.
—Perdón por ser tan pesado cabros, espero nos veamos pronto —nos dijo al
despedirse de nosotros.
Le agradecimos su tiempo y paciencia con nosotros, y nos despedimos de
todos ahí en la unidad. El Victor se tomo su tiempo al despedirse de la Anita,
mientras yo miraba atentamente los ojos claros de Ignacio, que tenían algún tipo de efecto hipnótico, que me hacían dificil captar todo lo que decía.
—¿Lo harás? —fue lo único que alcancé a escuchar de su conversación.
—Si po —respondí, intentando pasar desapercibido. El Nacho se rió.
—¿Sí quieres pololear conmigo?
—¿Qué?, ¡NO! —me puse rojo, y solo quería salir corriendo de ahí.
Se volvió a reir.
—Entiendo que estés con la mente en otro lado después de aprobar. Yo
estaba igual cuando terminé la práctica, no pescaba a nadie cuando me hablaban.
Solo quería llegar a mi casa y dormir por seis días seguidos —explicó riendose, pero sin burlarse—. Te
preguntaba si vendrías a dejar tu currículo una vez termines los trámites.
—Ah, si, obvio —respondí, intentando hacer menos evidente mi vergüenza.
—De todos los que pasaron por acá, tú y el Victor fueron los que mejor
se desenvolvieron. Así que si vienen a dejar sus documentos, yo feliz los
llamaría a cualquiera de los dos.
Sus palabras me dejaron una sensación aún mejor que como me sentía
antes. Que me dijeran que me había destacado en algo, me subió mucho el
autoestima y me dieron ganas de que pasara rápido el tiempo para empezar a
trabajar ahí.
Con el Victor nos fuimos a los camarines, y le conté lo que me había
dicho el supervisor.
—¿En serio?, ¿yo también? —mi amigo no lo podía creer.
—Si po, dijo que estaría feliz de trabajar con cualquiera de los dos
—omití la parte de la broma del Ignacio.
—Entonces, apenas tenga el título vendré a entregarlo —decidió.
—¿Y que onda tu con la Anita? —le pregunté con curiosidad.
—Todo bien —respondió haciéndose el tonto.
—¿Bien, bien?
—Muuuy bien —dijo con una amplia sonrisa.
Llegamos a los camarines y estaba el Bryan y el Huaso cambiándose de
ropa, en silencio.
—¡¡¡SOMOS LIBRES!!! —gritó el Victor apenas vió a nuestros compañeros.
El Huaso se acercó de inmediato a abrazarme, y el Victor fue donde el
Bryan a hacer lo mismo.
—Por fin terminamos esta wea —dijo con alegría el Huaso, y luego me dio
un beso de celebración.
—Ya cabros, abrazo de grupo —propuso el Victor, y se acercó a nosotros
con el Bryan, a medio vestir aún.
Nos abrazamos los cuatro, y empezamos a saltar en círculo y a gritar.
Cuando nos detuvimos nos dimos cuenta que en la puerta de entrada estaban
asomadas la Cata y la Claudia.
—Que son ridículos los weones —dijo la Claudia, riéndose.
—Ya, dejen de reírse y vengan a saltar con nosotros —dijo el Bryan,
riéndose también.
La Cata le hizo señas a las otras dos compañeras que estaban esperando
afuera. Entraron todas y comenzamos a saltar y a gritar todos juntos, en modo
de celebración.
—¿Todos aprobaron? —preguntó la Cata, después de que se calmó la
algarabía. Todos respondimos que sí al unísono, y volvimos a saltar y a gritar,
hasta que entró el guardia a retarnos por hacer mucho ruido, e hizo que las
niñas salieran del camarín de hombres.
Nosotros terminamos de cambiarnos de ropa, y al salir seguían
esperándonos las chiquillas.
—Ya, ¿Qué haremos para celebrar? —preguntó la Claudia.
—¡Vamos a tomaaaar! —propuso el Victor, ante las risas del resto de
nosotros.
—Podríamos juntarnos a la noche a celebrar, en tu casa Claudia —propuso
una de las chiquillas.
—¿Pero hoy?, no puedo porque está de cumpleaños mi mamá —se excusó la
Cata.
—Mañana entonces, en mi casa a las 10 —decidió la Claudia, y todos
asentimos.
Con el Huaso nos fuimos a su casa, y conversamos sobre nuestro último
día y le conté sobre la “bromita” del Ignacio.
—Qué chistoso el weon —dijo molesto.
—No te enojes —le tiré un cojín, para alivianar el ambiente—, si no pasa
nada con él.
—Pero igual te quedaste pegado mirándolo —se amurró.
—Ya, ¿pero le viste los ojos alguna vez?, dime que no son hipnóticos.
—No —lo negó, pero noté que igual se demoró en responder.
—Ya po, no te enojes. Hazlo por Mumble que no le gusta ver a sus padres
pelear —le dije, tomando al peluche y poniéndolo frente a él.
—Idiota —me dijo sonriendo al fin. Me tomó de la mano y me acercó a él,
que ya estaba apoyado en el respaldo de la cama. Me besó y luego me abrazó—. Lo hago
solo por Mumble —me advirtió.
—Lo tendré en cuenta —nos reímos y nos volvimos a abrazar.
Nos acomodamos en la cama, y nos quedamos dormidos.
Cuando me desperté, noté que el Huaso no estaba en la habitación y
supuse que estaría en el baño. Me desperecé y tomé el celular para ver la hora.
Cuando volvió, unos cinco minutos después, le dije que me tenía que ir y él lo
aceptó. Nos despedimos de beso en su habitación, y salió a dejarme al paradero.
Al día siguiente me fui a la casa del Huaso a buscarlo para que
llegáramos juntos donde la Claudia. Al llegar a su casa, estuve esperando
afuera unos minutos, pero no me contestaba. Golpeé la puerta y salió la Señora
Sonia a atenderme.
—¿Qué quiere mijito? —me preguntó con cínica amabilidad.
—¿Está el Pato? —le pregunté con la misma cortesía.
—Si, creo que si. Voy a ver y le aviso —volvió a entrar y cerró la puerta.
Al rato salió el Huaso, aún con ropa de trajín.
—Sorry, estaba hablando con mi mamá y se me pasó la hora —me dijo
abriéndome la reja para pasar. Llegamos a su pieza y me dio un abrazo y un
beso—. No me demoro nada en arreglarme. Me visto y estoy listo —estaba un poco
acelerado.
—Amor, tranquilo, si aún es temprano —le dije, para que bajara las
revoluciones.
—¿Qué hora es?
—Las diez y cuarto —respondí mirando el celular.
—Ya po, se suponía que nos juntaríamos a las diez —argumentó.
—¿Y cuando alguien ha sido puntual para juntarse para carretear? —dije riéndome.
El Huaso respiró hondo y se sentó en la cama.
—¿Estás bien? —le pregunté preocupado.
—Si, estoy bien. No sé por qué me aceleré tanto —dijo como pensando en
voz alta.
—¿Está bien tu mamá?
—Si, está bien. Me contó que fue a un bingo de la vecina y que se ganó
un parlante y no cacha como funciona —se rió—. Dijo que me lo iba a regalar a
mi, que yo sé como funcionan esas cosas.
Después de contarme eso, se espabiló y comenzó a vestirse. En un par de
minutos ya estaba listo y nos fuimos donde la Claudia.
Cuando llegamos, solo faltaba el Victor, que apareció media hora
después, excusándose que no podía dejar a su abuela sola hasta que llegara su
mamá del trabajo.
Nos pusimos a tomar y comer, mientras comentábamos nuestras experiencias
y resultados en las prácticas. Con el Victor nos habíamos puesto de acuerdo en
no contarles que el Ignacio nos había dicho que éramos los mejores que habían
pasado por la sección, para no hacerlos sentir mal.
Mientras hacíamos que el Víctor contara con detalles su estado
sentimental con Anita, el Huaso se paró y salió al pasillo a contestar su
celular.
—Ya vengo —me dijo al oído, y yo asentí.
El resto continuamos escuchando al Victor, que nos contaba lo arriesgado
que había sido al mandarle un WhatsApp invitándola al cine, pero que aún no le
contestaba.
Al cabo de una media hora, el Huaso aún no regresaba, así que me paré y
salí a ver si estaba bien.
Lo divisé al fondo del pasillo, aún hablando por celular, y me acerqué
para ver si todo estaba bien. Cuando se percató de mi presencia, me hizo señas
de que se desocupaba en un rato más, y yo me alejé un poco, para darle mayor
privacidad.
—¿Todo bien? —le pregunté preocupado, una vez terminó de hablar por
teléfono.
—Sí, es que mi viejo quería que le contara como me había ido en mi
último día de práctica —me explicó.
—¿A esta hora? —dije mirando mi celular. Ya era la medianoche.
—¿Y qué tiene?, mañana es domingo, no tiene que trabajar —se puso serio.
—Que pudo haberte preguntado durante todo el día, no a esta hora
—argumenté.
—¡Ay Larry, ¿Por qué eres tan insistente?! —dijo ya molesto. Me quedé
congelado por su reacción—. Disculpa. Mejor me voy —se acercó a abrazarme y me
dio un beso en la frente—. Mañana hablamos.
Se palpó los bolsillos, asegurándose que tenía todo lo que había
llevado, y se fue sin despedirse de los demás.
Yo volví a entrar al depa de la Claudia, y me quedaron mirando fijos
todos.
—¿Y el Huaso? —preguntó de inmediato la anfitriona.
—Se fué —dije con un nudo en la garganta, evitando mirar a los ojos a
todos.
—¿Sin despedirse? —preguntó sorprendida la Claudia, levantándose
rápidamente para asomarse por la puerta de entrada.
Yo solo asentí y el Bryan se acercó a hablarme. Me tomó de los hombros y
buscó mi mirada.
—¿Estay bien? —me preguntó preocupado.
—No sé —estaba realmente confundido.
El Bryan me llevó a la cocina mientras los demás seguían conversando en
el living, con la música a un volumen moderado, y me preguntó qué había pasado
y yo le conté todo.
—La verdad no sé qué mierda le pasa —seguía sin entender.
—En volá debe estar estresado por la práctica —intentó explicar.
—Pero si ya terminamos —le dije con tono de obviedad.
—Ya, pero mira. La Cata me contó, que la Claudia le había dicho, que al
Huaso le había ido masomenos nomas en la última sección.
—Pero si me dijo que había aprobado. Todos aprobamos. ¿Por qué me iba a
esconder eso? —le pregunté, sin entender esa supuesta razón.
—Quizás le daba vergüenza. Aparte, asumo que le contaste lo que te dijo
el Ignacio, y más vergüenza le debe haber dado decirte eso —argumentó.
—¿Cómo sabes lo que me dijo el Ignacio? —pregunté sorprendido.
—El Victor me dijo —respondió.
Me quedé pensando, un poco molesto con el Victor por romper la
“promesa”, pero por otro lado agradecido de que lo haya hecho, porque así el
Bryan me ayudó a entender todo.
Tenía sentido lo que decía el Bryan, y por eso me calmé un poco. Pensé
en ir a la casa del Huaso a buscarlo, pero mi amigo me dijo que no fuera,
porque sería peligroso andar solo a esas horas en la calle.
Volvimos a reunirnos con el resto, y pensé fugazmente, que por alguna
razón, todos confiaban en el Bryan para contarle “secretos”.
Al día siguiente, al mediodía, el Huaso llegó a mi casa para pedirme
perdón por su reacción de la noche anterior.
—La verdad, es que sigo muy estresado —comenzó a decir, antes de confirmar la teoría del
Bryan—. La supervisora me dijo que si hacía un trabajo de investigación para
mañana me podía subir la décima que me falta —explicó—, por eso andaba medio
gruñón.
—¿Y por qué no me habías contado?, ¿acaso no confías en mi? —le
pregunté, un poco dolido.
—No es eso, es que estabas tan feliz por lo que te dijo ese weón del
Ignacio, que me dio vergüenza contártelo —dijo bajando la cabeza.
—¿Y por eso fue que ayer no pudiste hablar hasta tarde con tus viejos?
—saqué la conclusión.
—Si, por eso —respondió mirándome a los ojos—. Pero ya la terminé. Hoy
en la mañana terminé lo que me faltaba, por eso te vine a ver —dijo con una
sonrisa—, para celebrar que por fin yo soy libre —levantó los brazos en señal
de triunfo—, o al menos un poquito más libre.
Se acercó a abrazarme y me pidió perdón por haberse enojado conmigo la
noche anterior.
—Solo no me vuelvas a mentir, ¿ya? —le pedí.
—Bueno —aceptó, dándome un beso—. ¿Salgamos a dar una vuelta?
Acepté su invitación, y tomamos la micro hasta llegar al balneario. No
pude evitar recordar la mañana en que me preguntó si era gay en la balsa, para
asegurarse si atreverse a besarme o no, aunque el contraste del clima hacía aún
mas nostálgico el recuerdo de esa mañana de verano, contra la tarde gris de
invierno que estábamos viviendo.
—¿Una carrera a la balsa? —dijo a modo de broma, reconociendo que
estábamos recordando lo mismo.
—Cuando quieras —respondí provocativamente, pero sin verdaderas
intenciones de hacerlo. El frío era demasiado.
Nos reímos y continuamos caminando por el borde costero. Al llegar al
Parque Croata, nos sentamos al pie de un árbol, uno al lado del otro, después
de comprar un par de helados en la tienda del otro lado de la calle.
—Que relajante esto —dijo feliz el Huaso.
—Sería más ideal con un poco de sol —comenté, imaginándome lo bonito que
sería esa misma situación en una tarde soleada.
—Pero igual está rico así, con este frío al menos nos podemos abrigar
mutuamente —dijo con coquetería.
—Ya, como si fueras a dejar que te abrace en público —me reí.
—Bueno, si —se rió también—. Pero la idea es buena.
Nos quedamos bastante rato ahí conversando, disfrutando de la tarde, y
luego nos fuimos caminando hasta su casa para tener más privacidad.
Al día siguiente el Huaso fue temprano al Hospital a entregar el trabajo
que le había pedido la supervisora, y ésta lo hizo esperar mientras lo leía para
darle la nota. Finalmente me llamó muy contento para informarme que había
aprobado la práctica, y que podría titularse junto a todos los demás, así que
desde ese día comenzamos a realizar los trámites de titulación, junto con los
otros seis compañeros de la práctica.
El Huaso decidió quedarse acá en la ciudad esperando que el título
estuviera listo (40 días hábiles, supuestamente), e insistió en que no quería volver a La
Serena hasta después de fiestas patrias.
El 16 de septiembre en la noche, estábamos jugando play en mi pieza, cuando de
repente empezaron a sonar las alarmas antitsunami en nuestros celulares.
—¿Qué habrá pasado? —me preguntó el Huaso, un poco confundido.
—No sé… —respondí, sin entender nada—. Bajemos mejor.
Llegamos al primer piso y mis padres estaban sintonizando las noticias
nacionales, donde informaban del terremoto en Coquimbo. El Huaso se puso
nervioso y tomó el celular para llamar a su familia. Las llamadas no entraban,
así que se dedicó a enviar mensajes de WhatsApp esperando que aún tuvieran
conexión. Después de una media hora pudo comunicarse y enterarse que estaban
todos bien.
—Me alegro que tu familia esté bien —le dije dándole un abrazo de
apoyo.
—Vas a tener que dormir aquí hoy, Pato —le dijo mi padre—. Mañana si
quieres te llevamos al terminal para que viajes a ver a tu familia.
—Gracias —dijo el Huaso, aún preocupado por el acontecimiento.
Más tarde, cerca de la medianoche el Huaso pudo recién hablar por
teléfono con su familia. Les dijo que al día siguiente viajaría a La Serena
para estar con ellos y ayudar en lo que fuera necesario.
—¿Quieres que te acompañe? —le pregunté al Huaso, cuando estábamos
acostándonos a dormir.
—No es necesario, amor —respondió. Aunque intentaba mostrarse calmo, yo
notaba que seguía muy preocupado. Se acostó a mi lado, y me abrazó—. Gracias
por todo —me besó y luego sonrió. Una sonrisa cansada—. Buenas noches.
—Buenas noches —le sonreí genuinamente, intentando traspasarle un poco
de calma con eso.
Al día siguiente, mi papá nos llevó a la casa del Huaso para que empacara
algo para el viaje mientras él esperaba estacionado afuera.
—¿Te llevarás a Mumble? —le sugerí como broma, para aligerar el
ambiente.
—No. Mumble se queda a cuidar la casa. Que la Señora Sonia no se meta a
intrusear —dijo con cierto ánimo.
Nos reímos y nos besamos antes de salir de su habitación y
reencontrarnos con mi papá. Al llegar al terminal, el Huaso compró el pasaje
para el bus que salía en media hora. Cuando nos despedimos, lo abracé fuerte y
le susurré “te amo” al oído. Él me respondió con un “yo también”, y luego le
dio un abrazo a mi papá agradeciéndole la hospitalidad.
A la medianoche me llamó por teléfono, diciéndome que había llegado a La
Serena, pero no así a su casa, que al día siguiente me llamaría para contarme
la situación real de su familia, ya que sabía que sus papás le bajaban el
perfil al asunto por teléfono para no preocuparlo.
Finalmente me dijo al día siguiente que su casa había sufrido mínimas
consecuencias del terremoto, y que sus padres
estaban bien. La casona de su abuela, en cambio, había sufrido más, pero
tampoco hubo pérdidas personales afortunadamente. Me dijo que no tenía claro
cuándo volvería, pero que ayudaría a reparar la casona de su abuela.
Como estaba sin el Huaso, me organicé con el Bryan y el Victor para ir a
las ramadas. El día 19 nos reunimos, y el Victor llegó con Anita, la paramédico
del hospital, sorprendiéndonos a todos.
—Ya la conocen todos, así que no es necesario presentaciones —dijo en su
habitual tono alegre.
Anita era muy simpática y se integró muy bien al grupo.
Al rato se nos unieron la Claudia y la Cata, que llegó sin la compañía
del Guillermo, que también había viajado a la cuarta región a ver a su familia
por el terremoto.
Paseamos por las ramadas, e ingresamos a una fonda a comer algo. La
garzona nos tomó la orden y luego nos dejó solos.
—¡Larry! —escuché de repente. Una voz muy familiar se acercaba por mi
espalda. Me volteé a ver y era la Vicky, de polera y pantalón negro, al igual
que la garzona.
—Vicky, ¿Qué haces acá? —le pregunté sorprendido.
—Trabajo acá po. Mi tía me ofreció trabajar en su fonda estos días que
tenía libre —me explicó con una sonrisa de oreja a oreja—. Lástima que no los
vi entrar, así los atendía yo.
Me quedé conversando un rato con ella, de pie en una de las mesas
contiguas, mientras mis compañeros seguían compartiendo entre ellos.
—¿Y el Huasito?, ¿por qué no está contigo? —preguntó curiosa.
—Viajó a ver a su familia, por lo del terremoto —le expliqué.
—Ah, que pena —dijo con empatía—. Aunque igual me asusté, pensé que se
habían peleado.
—No, no es nada de eso —la tranquilicé—. Aunque en ese caso tu no
estarías nada de triste —le dije en broma.
—Ay Larry, jamás te haría eso —se ofendió—. Eres como mi hermano mayor.
En ese momento se disculpó conmigo por dejarme, ya que había visto que
entraba un nuevo grupo de clientes y quería asegurar su atención.
Volví a la mesa con mis amigos, y me sumé a su conversación, que en ese
momento se trataba sobre un cahuín entre los paramédicos del hospital, relatado
en primera persona por Anita.
Pasaban las semanas y el Huaso seguía en La Serena trabajando en la
reconstrucción de la casona de su abuela.
—Tómate tu tiempo, llamé a la universidad y aún no están listos los
títulos —le dije una noche de finales de octubre por teléfono.
—Si, si igual yo cacho que acá nos falta poco —me actualizó en los
avances de la obra.
—¿Cómo está tu abuela?
—Bien, al principio estaba triste por el derrumbe, pero ahora anda feliz
porque estamos todos acá ayudando —me contó con emoción en su voz.
—Oye, ¿y que tal está el constructor mas guapo de todo Chile? —le pregunté,
intentando darle un toque más juguetón al llamado.
—Estoy bien… —respondió escuetamente, sin entender mi intención.
—Pero mi amor —dije riéndome.
—¿Qué pasó? —me preguntó confundido.
—No, nada —me volví a reir—. Hablamos mañana.
Nos despedimos esa noche, y seguimos hablando periódicamente por un par
de semanas más.
Faltando un par de días para mi cumpleaños, nos juntamos con el Bryan y
el Victor a jugar play, en la casa del primero.
—¿Qué vas a hacer para celebrar tu cumple? —me preguntó el Bryan.
—No sé, algo piola yo creo. Un tecito con mi familia —dije, sin ganas de
nada en verdad.
—¡No seay fome po! —dijo con emoción el Víctor—. Salgamos a webiar a
algún lado.
—No tengo ganas
—respondí—, aparte al Huaso no le va a hacer gracia.
—Demás que le va a gustar que salgas. De hecho, me pidió que te
entretuviera harto nomas, para que no te aburrieras. Le dije que podía
entretenerte hasta cierto punto, ya que estoy con la Anita ahora —se rió.
—Aweonao —lo insulté riéndome también.
—Le dije que para ese nivel de entretención estaba el Bryan —volvió a
reirse—, pero parece que no le gustó la idea.
—Linda la wea, como si fuera un puto —dijo molesto el Bryan.
—Ya, tranquilo si era broma —lo calmó el Victor.
—No te enojes —le pedí—. Parece que vamos a tener que buscarte una
polola para que se te pase lo gruñón —dije en modo de broma, logrando sacarle
una sonrisa.
—Ya po, ¿qué me dices? —insistió el Victor.
En ese momento me llamó al celular la Vicky, pidiéndome si la podía
ayudar con un trabajo para la u, urgente para el día siguiente. Acepté su petición, y les dije a mis amigos que me
tenía que ir. “Después les confirmo lo del cumpleaños”, les respondí, y me fui.
Al llegar a la casa de la Vicky, nos desocupamos bastante rápido,
teniendo en cuenta lo que pensé que nos demoraríamos. Su trabajo consistía en
hacerle una entrevista a un ex alumno de la universidad, sobre su experiencia
en la casa de estudios. En el fondo me demoré más en llegar a su casa que en
responder sus preguntas.
—Oye, ¿y el Huasito cuándo piensa volver? —me preguntó, curiosa como
siempre la Vicky, mientras comíamos galletas después de concluir la
“entrevista”.
—No tengo idea —respondí sinceramente—. Me gustaría que viniera para mi
cumple, pero tiene que ayudar allá a su familia.
—Oye, pero son dos meses ya casi, ¿cierto?
—Si.
—¿Quedó muy mal la casa de su abuela?
—No sé, nunca me mandó fotos.
—¿Y no subió nada a Facebook o algo así? —seguía en modo entrevista.
—Oye, ¿no que la entrevista había terminado? —dije en modo de broma.
—Si, disculpa. No te quise incomodar con mi curiosidad.
—No, tranquila —saqué mi celular—. Mira, no ha subido nada a su
Facebook.
La Vicky revisó el perfil del Huaso desde mi celular y lo evaluó con
detenimiento. Se levantó de su silla y fue a buscar su notebook.
—Prométeme que no vas a pensar que estoy loca —me dijo, volviéndose a
sentar frente a mí, con el notebook encendido.
—Lo juro —prometí, aunque sin ningún grado de seguridad.
—Mira, tengo un perfil falso en Facebook —comenzó a explicarme,
mostrándome el perfil de una chica muy linda—. Voy a enviarle solicitud de
amistad a tu Huasito para ver que esconde tu pololo.
—¡No! —dije de inmediato—. ¿Cómo se te ocurre hacer eso? —me levanté de
la silla indignado.
—Confía en mí. Siento que hay algo raro —intentó calmarme.
—¿Por qué dices eso? —le pregunté.
—Porque sí. Mira —volvió a tomar mi celular—. Lo último que subió fue
una foto con su abuela el 19 de septiembre.
—¿Y qué tiene?
—Mira po, se nota que hay harta gente de fondo. Supongo que son
familiares. ¿No te parece raro que siendo una gran reunión familiar sólo haya
subido una foto?, o si no le gusta subir muchos fotos, demás alguien más pudo
subir otras y haberlo etiquetado, como en todas las otras fotos que tiene con
tus amigos —me explicó. Tenía lógica su argumento.
—No lo hagas —le pedí—. No me siento cómodo violando su privacidad.
Me ponía nervioso el solo hecho de pensar hacer algo así.
—¿Estás seguro? —me preguntó mientras buscaba el perfil del Huaso en
Facebook. Lo encontró, y obviamente, tenía el perfil privado. Puso el cursor
sobre el botón azul que decía “enviar solicitud de amistad”.
—Sí —le dije, finalmente venciendo la tentación. Pero la Vicky no me
hizo caso y presionó el botón del mouse—. ¿Qué hiciste? —le pregunté en un
volumen más fuerte de lo que debí haberle dicho.
—Perdona, me equivoqué —dijo convenciéndome de su error.
—Elimina eso, deshaz la solicitud —le ordené.
Ella lo iba a hacer cuando apareció el globito rojo con la silueta de
una persona en la barra superior de la pantalla, indicando que tenía un nuevo
amigo.
Sentí como un escalofrío me recorrió la espalda, y la Vicky me miró con
nerviosismo y ansiedad. Me volví a sentar a su lado, en silencio, y tomé el
mouse en mis manos.
Hice click en el nombre de mi pololo y su perfil se abrió frente a mis
ojos. Bajé por su muro y vi que tenía varias publicaciones que no había visto
desde mi celular. Fotos en las que había sido etiquetado, carreteando con sus
primos, disfrutando con su familia en la casona, y una foto subida por el
Kevin, en la que salía etiquetado el Huaso, además de varios otros miembros de su
familia, en la que se leía el comentario “por fin lista la
casita de la abuela”. La foto había sido subida hacía tres semanas.
El corazón se me apretó y comencé a temblar. La Vicky me tomó la mano
izquierda para darme ánimos ya que estaba viendo lo mismo que yo. Me tomé un
momento para respirar y continué bajando.
En publicaciones más antiguas, comenzaron a aparecer fotos de un bebé
vestido con ropa en tonos celestes, con muchos comentarios felicitando al
Huaso, incluídos mis suegros. Más atrás habían fotos del Huaso y la Mari (ella
con un avanzado embarazo), y el resto de la familia, celebrando con un asado
las fiestas patrias.
Las lágrimas comenzaron a caer por mi cara, pero yo intenté inútilmente no soltar el llanto. Me sentía ahogado, y
no fue hasta dentro de un par de minutos que me di cuenta que la Vicky estaba a
mi lado, abrazándome y llorando conmigo.
—Lo siento, Larry, no fue mi intención —me decía ella, engrosando la voz
para darse a entender.
Yo solo atiné a asentir y seguir llorando, mientras sentía un dolor
profundo en el pecho.
—¿Quieres tomarte un té o algo? —me ofreció ella después de unos
minutos.
Negué con la cabeza.
—Necesito mi cama —le dije—. Me voy a ir, ¿ya?
—¿Estas seguro? —me preguntó—. Si quieres le digo a mi hermano que te vaya dejar.
—No es necesario, necesito deshinchar los ojos en el camino, para llegar
digno a mi casa —intenté sonreir.
—Me avisas cuando llegues —me pidió. Yo asentí y me despedí de ella con
un abrazo, que no alargué demás para no quebrarme denuevo.
Salí de su casa y me vine caminando a la mía. A ratos tenía que determe
porque el viento me molestaba en los ojos, aún llenos de lágrimas por la pena y
el dolor de enterarme de las mentiras del Huaso. La gente con la que me cruzaba
se me quedaba mirando, pero intentaba ignorarlos.
No podía creer que lo que había visto era verdad. El Huaso, mi primer gran amor, que me prometía fidelidad incondicional, con el que había sido tan feliz, me había mentido por al menos nueve meses, con consecuencias tan grandes como un hijo. Enterarme de eso había destrozado toda la estabilidad emocional que tenía.
Al llegar a mi casa, le mandé un mensaje de inmediato a la Vicky
diciendo que había llegado, para que después no me interrumpiera mientras
dormía. Antes de entrar a mi casa, me quedé esperando un rato
afuera, para asegurarme que mis papás no se percataran de mi estado de ánimo.
Cuando entré, mi mamá estaba preparando la once y al verme pasar de
largo a mi pieza me dijo que no me demorara mucho en bajar, para tomar té los tres juntos.
Subí a mi pieza, me cambié de ropa y me miré al espejo para ver si se me notaba mucho que había estado llorando. Tenía los ojos rojos y un poco hinchados, pero no podía hacer nada al
respecto. Ya se me ocurriría alguna mentira.
Intenté apagar mis emociones y bajé a tomar té. Mis padres conversaban
sobre temas intrascendentes mientras yo “escuchaba” en silencio, y asentía de
tanto en tanto intentando no hacer contacto visual.
La TV estaba encendida en el canal de noticias y dieron una nota sobre
la reconstrucción del terremoto.
—¿Cómo le va con eso al Pato? —me preguntó mi papá, intentando integrarme a
la conversación en la mesa.
—Bien… —alcancé a responder con la voz temblorosa, pero de pronto me
sentí sin energías para mantener la apariencia anímica que mostraba.
Me puse a llorar, desatando la preocupación de mis padres.
—Hijo, ¿qué te pasó? —preguntaron ambos al unísono, con mi padre
acercándose a abrazarme.
El tener a mi padre abrazándome me hizo relajarme aún más y liberar el
dolor punzante que sentía en el pecho. Me sentía tan cansado, como si hubiera
tenido un día muy ocupado, pero en realidad el cansancio no era solo por el día
de mierda que había tenido, sino que también por los años de tener que estarle
escondiendo cosas a mi familia, estar constantemente inventando excusas o
situaciones para evitar que se dieran cuenta de mi verdad.
Mi mamá se acercó por el otro lado de la mesa y se sentó a mi lado,
tomándome la mano y acariciándome el cabello.
No sé cuanto tiempo habré estado llorando con mis padres junto a mí
apoyándome, pero cuando por fin pude ver con claridad, las noticias ya habían
cambiado de sección y el té estaba casi frío.
—Hijo, ¿estás bien? —me preguntó mi papá mirándome a los ojos.
Su mirada me transmitió seguridad, y por un momento me sentí aliviado y
asentí, fiel a mi costumbre de mentir para esconder mis sentimientos, pero luego
negué con la cabeza al recordar todo lo que había visto en casa de la Vicky.
—¿Qué te pasó? —me preguntó mi mamá, con la voz entrecortada.
—El Pato fue papá —dije apenas controlando la voz, y volviendo a llorar.
—Hijo… —dijo mi papá y me volvió a abrazar, más fuerte que antes.
Después de otro para de minutos de llanto, por fin sentí como que me desahogué
completamente. A pesar de la tristeza que sentía por la infidelidad del Huaso,
me sentía muy aliviado de tener a mis padres ahí apoyándome, y haber dado ese pequeño
paso para salir del closet ante ellos.
—Lo siento mucho —me decía mi mamá, acariciándome el cabello, dándome
contención—. Larry, quiero que sepas que te amamos, sin importar nada, ¿está
bien? —me hizo mirarla a los ojos, y asentí—. Todo va a estar bien.
Me volvió a abrazar, y después de un momento me sentí más aliviado.
—¿Puedo ir a acostarme? —les pregunté. Estaba muy cansado—. Necesito
dormir.
—Por supuesto —respondieron ambos al unísono.
Les dí las buenas noches, y me dirigí a mi pieza y cerré la puerta. Me
saqué la ropa, me acosté en la cama, y me dormí casi de inmediato.
Al día siguiente me levanté a tomar desayuno, y mis padres me saludaron
con atención.
—¿Cómo amaneció? —preguntó mi papá.
—Un poco mejor —era verdad. El dormir me había hecho muy bien, y ya me
sentía mas tranquilo respecto a lo sucedido.
—¿Quieres conversar sobre lo de anoche? —me preguntó mi madre.
Me quedé en silencio, pensando como empezar.
—Perdónenme. Por haberles mentido —comencé diciendo y se me llenaron los
ojos de lágrimas.
—¿En qué nos mentiste? —preguntó con calma mi padre.
—Soy gay —les revelé, comenzando a llorar nuevamente. No era un llanto
de pena, sino mas bien, de cierto alivio.
—Está bien, hijo. Está bien —dijo mi padre para calmarme, dándome unas
palmadas en el hombro, mientras mi madre me tomaba la mano a través de la mesa.
—Nunca nos mentiste —me consoló mi madre—. Esperábamos que nos lo
dijeras en cualquier momento. Simplemente no te quisimos presionar. Cuando
estuvieras listo.
—¿Cómo lo supieron? —pregunté avergonzado.
Mis padres se miraron y sonrieron con complicidad.
—Siempre fuiste un niño muy reservado, y a pesar de eso, siempre tuviste
buena relación con tus compañeros. Invitabas a tus amigos y amigas a la casa de vez en
cuando, pero nunca nos presentaste a alguien formalmente. Lo tomamos como algo
normal en ti, tu sabes, reservado con tu vida, con tus estudios, etc. Pero
cuando empezaste a invitar a Patricio acá a la casa, tu cambiaste. Te veías más
alegre y abierto a compartir con nosotros. Quizás no nos dedicabas mucho
tiempo, pero comenzaste a contarnos de tus sentimientos, tus relaciones
sociales, tus estudios. Quizás tu no te hayas dado cuenta de eso, pero nosotros si, somos tus
padres —tenía razón—. Además, el brillo en tu mirada cuando lo veías llegar,
era lo más hermoso que he visto —me dijo secándome con el dorso de su mano las
lágrimas que caían por mi mejilla, mientras sus ojos se humedecían.
—Notamos que no era algo solo de tu parte. La forma que tenía él de
mirarte y de cuidarte era muy especial —agregó mi madre, sonriéndome—. Con esto
no queremos decir que la relación que tenían ustedes era tan perfecta que deberías perdonarlo. No sabemos qué tan sana era la relación de ustedes, pero sí sabemos que se tenían mucho amor, porque se notaba. Sin embargo, Patricio
cometió un error grave faltándote el respeto, y eso nunca debes permitirlo. ¿Estamos
claros? —me miró seria, pero sin perder su expresión maternal.
—Si —respondí, asintiendo.
Continuamos desayunando y por fin me pude sentir 100% cómodo en mi casa,
conversando con mis padres sin preocuparme de esconderles nada, o de inventar
mentiras para que no sospecharan (que ahora me daba cuenta, no servían de
nada).
Durante la tarde, le envié un mensaje a la Vicky diciéndole que no se preocupara por mí, que no la odiaba por lo que había hecho, y que ya estaba mejor. También le conté al Bryan por WhatsApp sobre lo ocurrido, y de inmediato me
vino a ver a la casa.
—¿Cómo te sientes? —fue lo primero que me dijo apenas entró a mi pieza.
—Pésimo —dije sinceramente—, pero no sé. Aliviado supongo.
—Al menos ese conchesumadre sirvió para que salieras del closet con tus
viejos —dijo mi amigo, intentando ver el lado positivo de la situación.
—Si, supongo. Aún no puedo creer que me haya mentido tanto tiempo
—intenté no dejarme invadir por la pena nuevamente.
El Bryan se acercó a abrazarme para consolarme. Luego me miró a los ojos
y dijo.
—¿Una partida? —me sonrió con empatía, sugiriendo una dosis de nuestra terapia.
Acepté con una sonrisa, y estuvimos jugando un buen rato durante la
tarde.
—Supongo que después de esto menos ganas tendrás de celebrar tu cumple
pasado mañana —me comentó él, mientras celebraba un golazo virtual.
—Supones bien. Prefiero descansar.
—¿Estas seguro? —preguntó—. No te voy a ofrecer sacarte a carretear y
que conozcas a algún weon random para olvidar al Huaso. Pero si quieres puedes
venir a mi casa a pasar el rato. Invitamos al Victor si quieres.
Medité un rato, mientras me intentaba acercar a la portería de mi amigo.
—Bueno —acepté. Sabía que encerrarme en mi pieza no era la mejor
decisión, y el ir a la casa del Bryan y estar con mis amigos me despejaría la
cabeza.
Durante los días que siguieron, ignoré completamente las llamadas y
mensajes del Huaso, porque obviamente no tenía ganas de saber nada de él.
El día viernes en la mañana, para mi cumpleaños, mientras estaba
guardando en mi pieza los regalos que me habían dado mis padres durante el
desayuno (un reloj de pulsera y una camisa), mi papá subió a decirme que estaba
el Huaso abajo, y si quería que lo hiciera pasar.
El corazón se me detuvo por un segundo eterno, y me comenzaron a temblar
las manos.
—Dile que suba —le dije a mi papá después de pensarlo un momento.
El Huaso entró a mi pieza por la puerta que estaba abierta. Lo esperé
sentado en la cama, pero apenas lo vi empecé a llorar. Él se arrodilló frente a
mi, preocupado.
—¿Qué te pasa, amor? —me preguntó, y la ultima palabra fue como un puñal
en el corazón.
Me tapé la cara con las manos, intentando calmarme.
—¿Por qué me mentiste? —le pregunté mirándolo a los ojos, después de
lograr recomponerme.
El Huaso me miró con miedo en los ojos y también comenzó a llorar.
—Perdóname Larry, por favor —me pidió de rodillas frente a mí—. Me
equivoqué —su voz era gruesa y firme. Podía manejar mejor el llanto que yo.
—¿Es tu hijo? —le pregunté manteniendo el contacto visual.
Él dudó antes de responder.
—Sí, es mío —una sonrisa se dibujó en su cara, entre las lágrimas—. Es
hermoso.
Bajé la mirada. Verlo feliz por su hijo me daba pena.
—¿Por qué no me dijiste antes?, ¿por qué me seguiste engañando hasta
ahora? —volví a mirarlo.
—No lo sé. Pensé que era posible que no lo supieras nunca —explicó.
—¿O pensabas patearme antes de que naciera?
—¡No! —respondió tajantemente.
—Por eso últimamente estabas tan raro. Te enojabas un rato y después se
te pasaba rápido. Tu nunca fuiste así. Es porque ya te daba lo mismo —saqué conclusiones.
Se quedó en silencio un rato.
—Larry, aún te amo —me dijo, con lágrimas en los ojos.
—No me sigas mintiendo —le pedí.
—Es la verdad —apoyó su cara en mis rodillas, y yo me tapé la mía con
mis manos nuevamente.
Nos quedamos en silencio nuevamente, escuchando los sollozos del otro.
—¿Por qué lo hiciste?
—le pregunté, temiendo la respuesta que pudiera venir.
—No lo sé
—respondió despues de pensar un buen rato—. Porque soy un imbécil. La Mari me había invitado a un carrete de año nuevo, y no sé, me confundí. La cagué —volvió a llorar.
Todo había pasado antes de mi viaje a La Serena. Cuando la Mari actuaba de forma prepotente y despreciativa conmigo, y el Huaso no hacía nada al respecto, ellos ya habían tenido sexo. El enterarme de eso hizo que me volviera a quebrar, ya que me indicaba que yo no era tan importante para él.
—Cuando la Mari te trataba pésimo
—continuó—, no creas que nunca le decía nada porque no te amara. No le decía nada porque tenía miedo de que si te defendía, ella te iba a contar lo que había pasado
—explicó secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Me quedé en silencio, intentando calmar mis emociones.
—¿Cuándo te enteraste? —le pregunté después de un rato, cuando ya había
recuperado la compostura nuevamente.
—Cuando estábamos en el hospital. Ese día que me retaron por culpa de la
Claudia —recordó, mientras se ponía de pie y se sentaba a mi lado—. Por eso también me fue tan mal en la práctica.
—Te retaron por tu culpa —le corregí. Ahora yo estaba del lado de la
Claudia.
Se rió brevemente.
—¿Y tu?, ¿Cómo te enteraste? —me preguntó. Estaba seguro que quería
preguntarme eso desde el principio.
—La Vicky me convenció de que escondías algo, así que me metí a tu
Facebook —protegí los medios espías de la Vicky—. Ahí salía todo.
—¿Y tú nunca sospechaste nada?
—No. ¿Por qué iba a dudar de ti?, si te amaba, pensaba que jamás me ibas
a mentir con algo así —le expliqué, con la voz temblorosa.
Nos volvimos a quedar en silencio otro rato más.
—¿Me odias? —me preguntó, aún cabizbajo.
—No —quería responder que sí, que lo odiaba por lo que había hecho, pero
no podía odiarlo.
—¿Me amas? —me miró a los ojos, con su mirada llena de lágrimas.
Cerré los ojos y volví a llorar. Asentí con mi cabeza y sentí el abrazo
del Huaso. Me acariciaba la cabeza y me apretaba contra él, como queriendo
disfrutar los últimos minutos que tendríamos juntos, y yo me dejaba llevar. También
quería disfrutar nuestro último abrazo.
—Dejemos todo atrás y sigamos siendo felices juntos —me dijo, poniendo
su frente contra la mía y mirándome a la cara.
Lo único que quería hacer era decirle que sí, que siguiéramos juntos y
que nos olvidáramos de su “error”. Pero no, no podía hacerlo. Perdonar algo así
me era imposible, a pesar de lo mucho que había aguantado hasta el momento en
nuestra relación.
—No —decidí finalmente—. Devuélvete a La Serena, y cría a tu hijo con
todo el amor que puedas. Asegúrate de que nunca le falte nada, e incúlcale que cuando sea grande respete a su pareja. Forma tu familia con la Mari, que aunque no lo quieras
reconocer, la amas y siempre la amaste.
Esta vez él se puso a llorar desconsoladamente. Yo también lloré, en
forma sinérgica con el Huaso. Nos abrazamos por un largo rato, hasta que se
calmó.
—Te traje un regalo —me dijo—. Por tu cumpleaños.
—No lo quiero —intenté sonar lo más fuerte posible. Él bajó la mirada
y aceptó mi decisión asintiendo con la cabeza—. Debes irte, necesito descansar
—le anuncié poniéndome de pie. Por mucho que me costara tenía que ponerle fin a
todo.
El Huaso también se paró y me dio un último abrazo apretado, que poco a
poco fue corriendo su cara, separándola de mi hombro y acercándola a mi rostro.
Cuando quedó frente a mi me dio un beso que no le negué. Nos dimos nuestro
último beso, calmado y sin prisa, disfrutándolo entre lágrimas, sabiendo que no
se volvería a repetir. Nos quedamos un rato tomados de la mano, frente con
frente, derramando nuestras últimas lágrimas juntos, hasta que decidí que era
hora de irse.
—Cuídate —le dije.
—Tu también —se separó de mi y salió por la puerta.
Lo vi caminar por el pasillo y di un último suspiro cuando desapareció
al bajar por la escalera. Me asomé a la ventana y lo vi cruzar la calle, y en
la cuadra de enfrente se detuvo y se llevó las manos a la cara. Comencé a
llorar nuevamente, al verlo así. Después de un rato siguió caminando y no lo vi
más.
Me quedé de pie frente a la ventana, mirando a la nada, cuando
entró mi mamá a mi pieza.
—Hiciste lo correcto hijo —comenzó a decir—. Estoy orgullosa de ti —me
dio un abrazo.
—Fue tan difícil —le dije, soltando las últimas lágrimas que me
quedaban.
—Lo sé, lo sé —me consoló—. Ahora solo te queda felicidad por delante.
—No sé. Solo quiero desaparecer. Alejarme de esta ciudad —dije con
sinceridad.
—¿Y qué te frena? —preguntó mi papá entrando por la puerta—. Si
necesitas eso, viaja, medita, conoce otras realidades. Te hará bien —mi mamá lo
miró preocupada, pero luego cambió su semblante—. Cuando te sientas listo
volverás.
Mi mamá concordó con él y me dio el visto bueno. Acepté la propuesta y
les dije que pensaría cual sería mi destino.
Al atardecer fui donde el Bryan, confiando en que me despejaría, y así
lo hice. Estaban los hermanos anfitriones y ambos Victor’s. Pedrito al llegar
me dio todo su apoyo y dijo que si necesitaba algo, que no dudara en pedirle
ayuda. También esperé un “te lo dije” de su parte, pero afortunadamente no lo
hizo. El Victor estaba medio bajoneado, y le pregunté qué le pasaba.
—Es que me da rabia el Huaso —dijo con pena—. Tu sabi que es mi amigo,
pero lo que te hizo fue feo —me dio un abrazo de apoyo, y luego le pedí que
subiera el ánimo, por mi.
A decir verdad, disfruté bastante la noche, comiendo pizza y viendo
películas de terror pude olvidar por unas horas el asunto de mi ahora ex pololo. Les anuncié que me iría de viaje y todos entendieron mis
razones.
—¿Y si te acompañamos? —propuso el Victor, motivándose de los primeros,
como siempre—. Ah no, verdad que no tengo plata —recordó su estado financiero,
desatando las risas de todos.
—¿Para donde te vas?
—me preguntó el Pedro.
—A Chiloé
—respondí, un poco ansioso por la expectativa de hacer un viaje solo a un lugar desconocido para mi.
El día lunes, antes de irme al terminal, fui a la universidad por si
acaso estaba listo mi título, y para mi sorpresa, así fue. Lo guardé en una
carpeta dentro de mi mochila, y me fui al terminal. Me despedí de mis padres y
tomé el bus hasta Santiago.
Al llegar a Santiago tomé otro bus hasta Puerto Montt, y desde ahí hacia Ancud. Me bajé del bus y comencé a recorrer los alrededores, buscando algún alojamiento. Me fui caminando por la Avenida Salvador Allende, hasta que llegué a la carretera y vi un discreto letrero
que decía “camping”, y una flecha.
Subí el sendero que indicaba la flecha y llegué a una gran casona de
tres pisos que se ubicaba en la cima de una pequeña colina, que a sus faldas
tenía un terreno grande delimitado en cuadrados por unas pequeñas cercas de
madera, y a un costado, un gran espacio de ripio designado para
estacionamientos, donde habían tres vehículos estacionados, correspondientes a
las tres familias que habían levantado carpa en sus espacios delimitados. Abrí
la puerta de la casona que tenía un letrero que decía “Abierto” e ingresé a la
recepción, donde estaba una octogenaria mujer de cabello cano y rostro amable,
con una piocha dorada con su nombre “Cecilia Gonzalez”
—¿Cuánto cuesta el camping? —le pregunté.
—Cinco mil pesos la noche —respondió con amabilidad—. Necesitaré los
nombres de todos los que vengan con usted.
—Vengo solo —le dije de inmediato, y me miró extrañada.
—Es poca la gente que viene sola a acampar —comentó, mientras recibía mi
carnet para anotar mis datos—. Si gusta puede arrendar una cama también, acá en
una de las habitaciones.
—¿Y eso cuanto me costaría? —pregunté.
—Diez mil —respondió ella.
Lo medité un momento y luego me decidí.
—Bueno, quiero una pieza —acepté, aprovechando de darme un lujo de
comodidad por el momento. Más adelante podría cambiarme al camping, o acampar
en cualquier otro lado si lo necesitaba.
Me acomodé en mi habitación, que era pequeña, pero acogedora, con dos literas ubicadas una al lado de la otra, enfrente de unos armarios individuales con candados. Guardé mis cosas y salí a caminar. Fui caminando hasta Ancud, y entré a almorzar en una posada. Al salir del local, con el estómago
lleno, vi un letrero que me indicaba el hospital de la ciudad, y decidí ir a
dejar currículo uno de esos días.
Estuve una semana recorriendo la isla, dándome tiempo para meditar y despejarme. Las heridas por la infidelidad del Huaso ya estaban cerrando. Aún me daba pena recordarlo, y a ratos me daban impulsos de ver como estaba en sus redes sociales, pero ya no lloraba cuando pensaba en él. Cuando volvía a la casona, la
señora Cecilia me pedía que le ayudara a hacer alguna tarea doméstica. Que le
arreglara un mueble, o que ayudara a cargar las cajas con mercaderías, etc, lo que me permitía, además, mantener mi mente ocupada.
—Por tu ayuda te voy a rebajar un poco el arriendo —me prometía.
Al séptimo día de estancia en la Isla de Chiloé, el Victor me llamó al
celular preguntándome donde andaba.
—En Ancud po, si te dije ayer —le respondí.
—Ya, ¿pero en qué calle estas? —me volvió a preguntar.
—¿Y para qué quieres saber eso? —estaba confundido.
—Porque estamos aquí en el terminal con el Bryan, y no sabemos para
donde ir.
El corazón se me aceleró de felicidad. No perdí el tiempo en explicarles
donde estaba, y de inmediato les dije “quédense ahí, los iré a buscar”. Me
despedí de la señora Cecilia y le dije que si tenía alguna tarea que
encargarme, que me la dejara para la tarde.
—¿Qué hacen acá? —les pregunté después de darles un fuerte abrazo a los
dos. La sonrisa no me la borraba nadie.
—Te vinimos a acompañar po —respondió el Victor.
—¿No decias que nos extrañabas mucho? —habló por fin el Bryan—. ¿Cómo
estay?
—Bien. Ahora mucho mejor —los volví a abrazar.
Nos fuimos caminando de vuelta al camping, mientras les contaba qué era
de mi vida como turista isleño. Al llegar, los chiquillos se registraron como
huéspedes y arrendaron las camas restantes en la pieza que estaba yo.
Durante los cinco días que estuvieron en la isla, nos divertimos mucho, salimos a recorrer la isla, conmigo haciendo casi de guía turístico para ellos, y pude sentirme como en casa otra vez, riendo de alegría con las bromas del Victor, o nutriéndome de la sabiduría del Bryan.
De igual forma, mentiría si dijera que su presencia no me hizo recordar al Huaso y las veces que nos juntábamos todos en la casa del Bryan, o la de la Claudia, pero de todas formas, los sentimientos positivos superaban largamente a los negativos.
Para aprovechar el último día de estadía de mis amigos, nos fuimos a Quellón con la idea de acampar en algún lugar. Recorrimos algunas iglesias que
estaban en el camino, y cuando notamos que estaba oscureciendo, nos adentramos entre los árboles y buscamos un claro para armar nuestras carpas. La mía era
una individual, y la de ellos, una doble.
Despejamos el suelo y buscamos palos secos para encender una mini
fogata. Cuando cayó la noche, el Victor sacó el copete, la bebida y las papas
fritas.
El Victor estuvo hasta cerca de la una de la mañana muy animado, pero el
abuso del alcohol hizo que se le apagara la tele rápido. Con el Bryan lo
acostamos en la carpa individual, para no molestarlo después cuando se fuera a
acostar el Bryan.
Nos quedamos frente a la fogata con el Bryan, lado a lado.
—¿Cómo lo llevas? —me preguntó él, de repente.
—Bien —sabía a que se refería—. Bueno, igual hecho de menos, pero me ha
servido mucho para pensar. Siento que ya estoy empezando a sanar. De verdad.
—Me alegro mucho —me dijo mirándome a los ojos, y me sonrió—. El Pedro
me contó que le habías dicho que tiraste currículo acá.
—Si. Perdón por no decirles —no sabía por qué no se los había mencionado.
—De hecho, él me convenció de venir cuando el Victor me dijo que quería
venir a verte —dijo con un temblor en la voz.
—¿Por qué te tuvo que convencer él?, ¿no querías venir? —le pregunté.
En ese momento el Bryan se acercó a mi y me dio un beso en la boca. Un
par de segundos y se alejó, bajando la mirada.
Me sorprendió con su gesto y no supe que decir.
—Disculpa, no te quise incomodar —me dijo, con la voz temblándole por el
nerviosismo.
En ese momento me acerqué a él y le di un beso yo. Inmediatamente supo
que era correspondido y comenzó a besarme con delicadeza y cariño. Terminamos
de besarnos y nos miramos con vergüenza, como dos niños que se dan su primer
beso.
—¿Y eso a qué se debe? —le pregunté sonrojado.
—Larry, me gustai caleta —seguía con la voz temblorosa, y me sorprendí
por su declaración—. No quiero presionarte a nada, yo sé que estas recién saliendo de una relación que fue muy importante para ti, así que probablemente no es sano que me declare y confundirte, pero solo quería que supieras que me gustas.
—Pero Bryan, tu eres hetero —dije, aun confundido. Se quedó en silencio
un momento, y luego negó con la cabeza—. ¿Y por qué nunca me lo dijiste? —le
pregunté.
—Es difícil —comenzó diciendo—. Cuando el Pedro salió del closet, mis
viejos lo aceptaron y todo, pero igual a mi papá le costó un poco, aunque no
quería que el Pedro lo supiera. Un día me dijo, como broma, pero yo sé que en
el fondo lo decía en serio, que yo era la última esperanza de darle nietos. Y
esa wea me mató —se le quebró la voz. Lo abracé para darle contención—. Sentí
que era como mi obligación mantener el sueño vivo de mi viejo de tener un
nieto, así que intenté convencerme de que me gustaban las chicas. Después de
que saliste tú del closet, el Pedro me dijo que el siguiente tenía que ser yo,
que no podía seguir reprimiéndome.
—¿El Pedro sabía? —pregunté sorprendido.
—Si, siempre supo. Incluso antes de que se lo contara. Eso sí nunca le
dije el por qué no quería salir del closet. Le conté sobre ti —dijo
sonrojándose—. Él estaba convencido que haríamos bonita pareja —se rió—. Por
eso no pasaba al Huaso… ni a la Karen.
Estaba completamente sorprendido por las palabras de mi amigo y de hecho,
ya me estaba confundiendo. El Bryan siempre me pareció guapo, hermoso por
dentro y por fuera, pero como yo estaba pololeando con el Huaso, nunca me di el
tiempo de verlo con otros ojos. Tenerlo ahora frente a mí, con el fuego iluminando su rostro inocente, me hacía cambiar completamente mi perspectiva sobre él.
—¿Y la Karen?
—le pregunté—, igual sufriste mucho cuando quiso terminar contigo.
—La Karen… —dijo pensando en voz alta, mirando al horizonte, como imaginándosela—. De verdad me gustaba ella. Quizás no como me gustabas tu —se sonrojó—, pero me gustaba. Era muy inteligente, y bueno, ella misma se dio cuenta de todo. Cuando fui a su casa, con el chocolate que me recomendaste, conversamos y me dijo: “yo sé que me quieres, pero también sé que no me quieres como yo quisiera”. Era muy perceptiva, y lejos de enojarse, u odiarme por eso, me entendió —hizo una pausa, de unos secgundos de silencio, y luego continuó—. La razón por la que estaba tan asustado cuando me dio que quería terminar, era porque sabía que era la última chica con la que iba a estar. Ya no quería seguir intentándolo, pero tampoco quería decepcionar a mi viejo.
—Pero Bryan, tu siempre fuiste super inteligente. Me sorprende que hayas tenido ese miedo, teniendo al Pedro de hermano, y sabiendo que tus padres lo habían aceptado
—comenté, intentando entender.
—Si sé, desde fuera se puede ver súper fácil la solución, pero tu más que nadie debería saberlo
—me dijo, con tono empático—. Por ejemplo, también tenías mucho miedo de contarle a tus viejos, siendo que nunca te habían dado razones explícitas para temer, ¿verdad?
—asentí, tenía razón—. En mi caso, el miedo me lo infundió mi viejo. Y bueno, aún me da miedo.
—Y ahora, como estamos a miles de kilómetros de él, te atreviste —le dije, y se rió brevemente.
Nos quedamos en silencio otro rato más, y luego él habló
—Antes yo era super bueno para webiar, supongo que te diste cuenta
cuando me conociste. Te di un beso sin importarme nada esa vez, ¿te acordai?
—Sí —me sonrojé—. Difícil olvidarlo.
—Bueno, en ese tiempo yo webiaba mucho, y lo hacía como una forma de
sentirme libre mientras pudiera. Pero cuando te conocí, no sé wn, como que
quise cambiar, ser mas ideal para alguien como tu —me volví a sonrojar con tus
palabras—. Te juro que yo con ser tu amigo era muy feliz, pero siento que era
hora de decirte que siempre quise ser algo más. No me quería arriesgar a dejar pasar la oportunidad mientras estuvieras soltero.
Tenía ganas de acercarme a él y besarlo, decirle que sí a todo lo que me
pidiera, pero también sentía que era demasiado luego después de estar con el
Huaso (habían pasado apenas dos semanas), y no estaba lo suficientemente sano
emocionalmente como para empezar una nueva relación.
Nos quedamos conversando por mucho tiempo más. Me contó muchas cosas de
su vida, que no me había contado antes, y sentí como que estaba conociendo a
otro Bryan, el real, y me gustaba más a cada palabra que salía de su boca.
Cerca de las 6 am apagamos la fogata con tierra, y nos encerramos en la
carpa para dormir. Nos acostamos frente a frente, mirándonos a los ojos.
—Buenas noches —me dijo, recuperando la timidez de más temprano.
—Buenas noches —respondí, igual un poco cohibido por la situación.
Simultáneamente nos acercamos y nos dimos un beso, nos abrazamos fuerte,
entrelazando nuestras piernas y nos quedamos dormidos.
Nos despertamos después de dormir unas tres horas, porque comenzó a
sonar mi celular. Me llamaban del hospital de Ancud, preguntándome si estaba
disponible para hacer un reemplazo.
—¿Vas a hacerlo? —me preguntó el Bryan, unos minutos mas tarde mientras
desayunábamos. Se veía triste.
—Creo que sí. Tengo que ir mañana en la mañana a ver que onda —respondí,
un poco triste también.
—Espero que te vaya muy bien, de verdad —me dijo, con una sonrisa que, si bien
genuina, no cubría la tristeza de sus ojos.
—Igual, el reemplazo durará a lo más un mes —lo tranquilicé—. Más
temprano que tarde estaré de regreso en Antofagasta.
Al rato se levantó el Víctor, y muy animado nos contó que había soñado
con brujas que nos venían a hechizar el campamento. Le conté mis novedades
laborales al Victor, que se alegró mucho por mí.
—¡Anímate Bryan!, nuestro Larry es todo un profesional ya —dijo con
orgullo el Victor.
—Ustedes también son profesionales —le recordé.
—Si, pero nosotros ni siquiera fuimos a buscar el título antes de venir.
Quizás habríamos encontrado pega los tres acá —dijo con ilusión el Victor.
Levantamos el campamento y tomamos una micro hasta Ancud, donde la
señora Cecilia les permitió al Victor y el Bryan utilizar el baño para ducharse
sin haber alojado la noche anterior.
Con el Bryan no volvimos a hablar sobre lo que había pasado la noche anterior. Al verlo cabizbajo me daban ganas de acercarme a él, tomarle la mano o abrazarlo y decirle que no se iba a dar ni cuenta cuando volviera a Antofagasta, pero no me atreví.
Los fui a dejar al terminal, y me despedí con un fuerte abrazo del
Victor, y el Bryan me miró a los ojos antes de hacer nada, como deseando
besarme, pero sin atreverse. Finalmente me dio un abrazo, que yo prolongué
quizás por demasiado tiempo.
—Ya nos volveremos a ver —le dije al oído.
—Eso espero —dijo dando un suspiro.
Tomaron el bus y me hacían señas de despedida desde la ventanilla.
El Bryan se veía muy afectado porque yo me quedaría trabajando en la
isla, pero no me dijo nada, porque sabía que era lo que yo necesitaba. Tiempo y
espacio.
Meses más tarde, pedí un par de días de permiso en el hospital de Ancud
para poder asistir a la titulación, y a decir verdad, la idea de volver a ver a todos mis
compañeros, incluído el Huaso, me ponía muy nervioso.
Durante los meses que habían transcurrido, había tenido mucho tiempo para pensar y sanar, mientras trabajaba. Si bien, cada cierto tiempo recordaba al Huaso, sabía que lo había superado porque atesoraba los buenos momentos, y no me deprimía cuando recordaba el fin de nuestra relación.
La ceremonia era el dia miércoles 9 de marzo, y me dieron libre el
martes y miércoles (pedí el jueves pero no me lo pudieron/quisieron dar por falta
de personal). Por un problema con la aerolínea, mi vuelo del día martes se
atrasó, así que no alcancé a llegar al ensayo general de la ceremonia. Le pedí
al Bryan que retirara las invitaciones por mi, pero las fue a dejar a mi casa
cuando yo aún no llegaba, así que no lo pude ver.
El día de la ceremonia fue todo muy caótico.
Cuando llegué a la universidad, estaban casi todos presentes, menos el
Huaso, que llegó de los últimos. Me alegré mucho al reencontrarme con mis
amigos. Les dí un fuerte abrazo a cada uno de ellos, siendo el más incómodo el
que le di al Bryan, no porque me provocara incomodidad él, sino que porque no
sabía si me iba a abrazar o a besar (es estúpido pensarlo ahora, lo sé, pero
igual me pasé el rollo), y sabía que él pensaba lo mismo.
Durante los meses que estuve trabajando en Ancud, seguimos
comunicándonos por teléfono y WhatsApp, pero nunca tocamos el tema de
“nosotros”. Conversábamos como siempre lo habíamos hecho, como los mejores
amigos de la vida, como si no hubiera pasado nada esa noche de la fogata. Él nunca me preguntó si había conocido a alguien, y yo tampoco lo hice, pero ganas no me faltaban. La revelación del Bryan, diciéndome que yo le gustaba, me había dado vueltas en la cabeza todos los días desde que se había ido, ilusionándome con un posible futuro juntos, pero me daba miedo pensar, que si le preguntaba sobre su actual vida amorosa, me dijera que estaba conociendo a alguien más.
—Te extrañé mucho —me dijo mientras nos abrazábamos.
—Yo también —le respondí con sinceridad.
—Lástima que vengas por tan poco tiempo —me comentó.
—Si, una mierda —concordé.
Nos pusimos al corriente con la vida de todos. El Victor había
aprovechado la buena evaluación que le había dado el Ignacio, y tiró currículo
al hospital, donde quedó de inmediato haciendo reemplazos, y estaba muy feliz de poder trabajar con la Anita, su polola. El Bryan, en cambio
se había tomado esos meses de descanso. La Cata también había hecho reemplazos
en el hospital en Urgencias, mientras que la Claudia (nos contó la Cata), se
había ido a trabajar al norte.
Después de la ceremonia, nos quedamos sacándonos fotos y felicitándonos
los unos a los otros. Los padres del Bryan se acercaron a darme un abrazo, y
los míos hicieron lo mismo con el Bryan y el Victor, mientras el Huaso
observaba desde lejos, presentándole a la Claudia a sus padres y a la Mari.
—¿Y tu, ya te olvidaste de mi? —me dijo el Pedro dándome un fuerte
abrazo lleno de efusividad.
—Jamás me olvidaría de ti —le dije respondiéndole el abrazo con el mismo
fervor.
—¿Cómo estas? —me preguntó, dándome un golpecito en el pecho.
—Bien. Mucho mejor.
—¿Encontraste a algún clavito isleño que te haga compañía? —preguntó
curioso.
—No. La verdad no —respondí con sinceridad—. Estoy esperando a alguien
especial.
El Pedro sonrió ampliamente con mi respuesta.
—Ese alguien especial también te esta esperando —dijo con complicidad.
Me sonrojé.
—Lo supiste todo el tiempo y no me dijiste nada —le reproché.
—¿Y qué querías que hiciera?, ¿Que sacara del closet a mi hermano?,
jamás iba a hacer eso.
—Lo sé —acepté sus razones.
—Aparte intenté muchas veces, no muy sutilmente, de decirte que estabai
mal enfocado.
Nos reímos.
—Pero eso ya quedó atrás.
Me quedó mirando en silencio un rato.
—¿Lo quieres? —me preguntó.
—¿A quien?
—Al infiel aquel —dijo señalando con el mentón al Huaso, que se estaba
acercando al grupo con la Claudia.
—No. Ya no —respondí convencido.
—¿Y a mi hermano? —preguntó con una amplia sonrisa.
Yo me sonrojé y me reí tontamente, y el Pedro me dio un abrazo de
alegría.
Continuamos conversando un rato más, cuando una voz muy familiar nos
interrumpió.
—Larry… —me llamó el Huaso, acercándose a nosotros con cautela. Se veía
muy guapo, igual que siempre.
—Hola —lo saludé, dándole un abrazo cordial.
El Huaso y el Pedro se saludaron por cortesía, aunque ninguno de los dos
tenía intención de hablar entre ellos.
—¿Podemos hablar? —me preguntó con un poco de timidez. Acepté su
solicitud y nos apartamos un poco de todo el grupo—. ¿Cómo has estado?
—Bien, trabajando harto —respondí—. ¿Y tu? —no era solo cortesía, de verdad
me causaba curiosidad saber en qué andaba.
—Igual que tú. Me fui a Valpo a vivir con la Mari, y encontré pega
altiro allá, estoy en un Cesfam. La Mari insistió en irnos para allá, porque su
mamá se había ido a vivir allá, y quería que el Mati se criara con su
abuela cerca —bonito nombre pensé.
—¿Cómo está él? —le pregunté, por cortesía.
—Está excelente —me indicó donde estaba de pie la Mari con los papás del
Huaso, esperando. La polola del Huaso estaba acomodando al bebé en el coche, y
al ver que el Pato le hacía señas, se acercó a nosotros. Me saludó con el tono
seco que siempre había usado para hablar conmigo, pero ya no me molestaba—.
Este es el Mati.
Miré al coche y había un bebé de unos cinco meses, de piel morena, ojos
oscuros y pelo negro. Era la viva imagen de su padre. Al verme frunció el ceño, pero luego rió cuando le hice
muecas. Se aburrió rápidamente de mirarme, y estiró la mano para tomar algo de
debajo de su manta. Sacó un pingüino de peluche, que ciertamente me era muy familiar, y lo abrazó con ambos brazos.
—Es su favorito —me dijo el
Huaso, mientras yo usaba todas mis fuerzas para mantener a raya mis emociones.
Ver al hijo del Huaso con Mumble me producía sentimientos encontrados.
Por un lado me parecía tierno que lo hubiera mantenido, y dado un buen uso al
regalo que le di, que por muy sencillo que fuese, había significado tanto
para ambos; pero tampoco quería pensar de esa forma, porque me obligaba a
seguir pensando en cadena en otras cosas, hasta volver a pensar en el Huaso
como el hombre que amaba.
Finalmente controlé mis pensamientos, y después de conversar un par de
cosas más con él, me despedí del Huaso, deseándole lo mejor junto a su familia.
Volví a reencontrarme con mi grupo de amigos, y me despedí de ellos con
un gran abrazo grupal. La verdad me daba pena despedirme de ellos, hasta quién
sabía cuando, pero por el momento debía hacerlo, ya que mis padres insistían en
irnos a almorzar luego para después no perder el vuelo hasta Puerto Montt.
Comencé a caminar hacia donde estaban mis padres esperando, cuando sentí
que alguien me tomaba de la mano desde atrás.
—Espera —me dijo el Bryan, mirándome a los ojos con nerviosismo. Buscó
con la mirada a sus padres, para asegurarse que no estuvieran mirando, pero
para nuestra mala suerte, si lo hacían, a unos cinco metros de distancia.
En mi mente pensaba “hazlo, por favor”, pero lamentablemente al Bryan no
tenía la habilidad de leer mentes ajenas, así que no lo hizo. Solo se acercó a
darme un fuerte abrazo.
—Te quiero mucho, Larry —me dijo al oído—. Nunca lo olvides.
—Yo también te quiero mucho —le respondí, disfrutando los últimos
segundos que me quedaban con él—. Espérame, por favor —le pedí.
—¿Qué crees que he estado haciendo tanto tiempo? —se rió con ternura.
Nos despedimos, sin mayores muestras de amor, pero con el abrazo nos
bastó.
Me reencontré con mis padres y cuando íbamos en el auto, camino a algún restorán, mi madre
comentó: “Siempre fue tan caballero tu amigo Bryan”, mirándome con complicidad
por el espejo retrovisor.
El día jueves 24 había sido un día muy ajetreado en el hospital. Me
habían pedido cubrir un turno la noche anterior, porque un colega había
renunciado hacía un par de días sin previo aviso, y como el dinero nunca sobra
(sobretodo en Chiloé), acepté cubrir cada puesto que me pidieran.
Después de trabajar casi 24 horas seguidas, terminé la jornada
agotadísimo.
—Nos vemos mañana, Caro —le dije a mi colega del turno, que tomaba el
mando de la unidad, después de entregarle la bitácora.
—Hasta mañana, Larry —me despidió con un beso en la mejilla y una
sonrisa.
Caminé por los pasillos del hospital, pasando entre grupos de personas
que conversaban entre sí, esperando por su atención, o por algún familiar. Los pies
me pesaban mucho por el cansancio, y soñaba con llegar a la pensión a un par de
cuadras de distancia, tirarme a mi cama y dormir para siempre.
Al acercarme a las puertas del hospital, una persona se interpuso en mi
camino, con una sonrisa muy familiar.
Caminé lo más rápido que pude y lo abracé de inmediato, acariciando su
cabello entre mis manos.
—Supe que había una vacante —me dijo el Bryan, con su voz un poco
temblorosa, pero alegre.
Me quedé sin palabras. Verlo ahí de pie frente a mí hizo que se me acelerara el corazón, y noté que toda sensación de cansancio acumulado había desaparecido. Nos miramos a los ojos por un par de segundos, que se sintieron eternos, y luego al mismo tiempo, nos acercamos para darnos el beso que habíamos estado esperando por meses.
Me quedé sentado al lado izquierdo de mi amigo, esperando que empezara a
hablar.
—Bueno, cuando venía para acá me llegó su mensaje, diciendo que no podía
seguir conmigo si no le daba la atención que ella necesitaba, así que era mejor
que termináramos.
Me quedé en silencio, sorprendido por esta personalidad tan demandante
de la Karen, que me revelaba ahora mi amigo. Si bien, cuando la conocí tuve la
impresión de ser una persona muy segura de si misma y con las cosas claras, no
sabía que era tan controladora, y el Bryan nunca me lo dijo tampoco.
—Quizás, si te demanda tanto tiempo, que no le puedes dar, es mejor que
terminen —le comenté—, o al menos que se tomen un tiempo.
—Pero es que no quiero terminar con ella —me dijo, con mucha pena.
Me acerqué a él para abrazarlo. Crucé mi brazo derecho por su espalda y
lo apoyé en su hombro derecho, mientras apoyaba mi mentón en su hombro
izquierdo.
—¿Y si vas a verla, y conversas con ella? —le propuse—, quizás consigues
que se arregle todo. O podemos ir a mi casa y tener nuestra sesión de
psicología amateur, conversamos jugando play. Eso nunca falla —nos reímos.
—Bueno, vamos a tu casa —me dijo secándose las lágrimas de la mejilla—.
Mañana iré a verla —decidió.
—Tu por mientras te cambias de ropa, y yo voy a ver si encuentro al
Huaso para explicarle que nos juntaremos en mi casa —le dije—. Te espero
afuera.
El Bryan asintió y salí del camarín. Sentado en las escaleras de la
entrada estaba el Huaso, con su celular en la mano.
—Justo te iba a mandar un mensaje —me dijo cuando vio que era yo quien
se sentaba a su lado—. ¿Vamos?
—No puedo —le dije, un poco incómodo—. Le dije al Bryan que fuéramos a
mi casa para que se relaje. ¿Quieres venir?
—Pero Larry… —se tapó la cara con las manos y respiró hondo.
—Podemos ir el sábado al cine, y aprovechamos de celebrar nuestro
aniversario —le dije en voz baja, acercándome a su oreja pero sin hacer
contacto físico.
—Bueno… —aceptó sin ganas.
—Pero no te enojes, porfa. Tengo que apoyar al Bryan, que está mal —le
expliqué.
—Bueno… —repitió, y se puso de pie—. Dile a ese weon que… —hizo una
pausa, luego continuó—, dale mi apoyo. Avísame cuando lleguen a tu casa.
—¿Seguro que no quieres venir? —lo invité.
—Seguro —se dio media vuelta y se fue.
Me quedé sentado, con una sensación rara. El Huaso estaba actuando
extraño, como si algo le pasara u ocultara, pero no fui capaz de reaccionar. Vi
como cruzó la calle para tomar la micro y le hice una seña de despedida. Él me
respondió lanzándome un disimulado beso, lo que me dejó un poco más tranquilo.
Al rato escuché que el Bryan se despidió del portero y me volteé a
mirarlo.
—¿Listo? —le pregunté.
—Vamos —mandó él, y nos fuimos a tomar la micro.
Al llegar a mi casa, mis padres aún no llegaban del trabajo, así que nos
fuimos directo a mi pieza a conversar y a jugar.
Encendí la Play Station y le pasé el joystick al Bryan, mientras
ingresaba el CD de Call of Duty en la consola.
—¿Cómo estas? —le pregunté mirándolo a los ojos, mientras me sentaba a
su lado en la cama, apoyado en el respaldo de ésta.
—Un poco mejor. Creo que exageré —dijo con un poco de vergüenza—. Me dio
como una crisis de pánico o algo así.
—Cuéntame sobre tu relación con la Karen, ¿por qué reaccionó así?
—Bueno, tu sabes todo, o casi todo —comenzó diciendo—. Ella es
maravillosa. Es inteligente, es hermosa. Y por sobre todo, es súper organizada.
Le gusta tener todo controlado. Los días en que nos vemos, el tiempo que
estamos juntos, las veces que tenemos sexo. Es todo muy estructurado, no hay
lugar para la improvisación, o la sorpresa.
—Suena un poco cansador —comenté.
—Si, un poco. Pero a pesar de eso, o quizás por eso mismo, me gustaba
mucho. Tu sabes como soy yo, soy super fome y poco ocurrente —dijo con
naturalidad, y me reí por su mala impresión de sí mismo.
—¿Fome y poco ocurrente? —le pregunté recalcando las palabras—. ¿Tu?,
¿el mismo Bryan que me bailó muy sensualmente habiendo hablado apenas un par de
veces antes?
Se sonrojó ante tal recuerdo.
—Pensé que ya no te acordabai de eso.
—¿Como no me voy a acordar?, fue mi bienvenida al clan, recuerda —nos
reímos juntos.
—Bueno, como sea, ya no soy así —se puso serio—. Como que no me nace ser
tan espontáneo como antes, así que me sentía super cómodo estando con ella.
Tenía razón. El Victor, que seguía siendo muy amigo con el Bryan, me
había comentado que antes era mucho más extrovertido, por decirlo
de alguna forma.
—¿Y por qué cambiaste? —le pregunté, ignorando el juego y mirándolo a
los ojos.
—¡Te mataron! —me dijo el Bryan, mirando a la TV aún. Me miró y se dio
cuenta que lo estaba mirando—. ¿Jugamos otra? —ignoró mi pregunta.
—Dale —sonreí, un poco descolocado por su cambio de actitud.
Continuamos jugando, y volví al tema principal.
—Entonces, lo mismo que te gustaba de la Karen, que fuera tan
estructurada, es ahora la razón por la que te patea.
—Si —se rió con inocencia—. Es muy irónico.
Puso en pausa el juego, se inclinó hacia adelante y bajó la mirada. Me
acerqué a él para abrazarlo y demostrarle que estaba ahí con él y que podía
confiar en mi.
—No quiero terminar con ella —me dijo con tristeza.
—Habla con ella entonces —le recomendé.
—No puedo, tengo miedo.
—¿Miedo de que? —pregunté sorprendido.
—No sé… —se volteó a mirarme. Como yo tenía mi cara apoyada en su
hombro, quedamos a mirándonos a unos pocos centímetros de distancia—. ¿Alguna
vez has tenido miedo al rechazo?
Me sorprendió su pregunta.
—Soy gay, Bryan. Vivo con
miedo al rechazo —le respondí intentando hacerlo reir.
El Bryan sonrió y bajó la mirada, con vergüenza al darse cuenta de su
pregunta obvia.
—Bueno, es eso. Me da miedo que me rechace. Por eso preferí venir
contigo —explicó.
—Te entiendo. Pero tienes que superar ese miedo —le aconsejé. Me sentía
como Pilar Sordo—. Mañana vas a verla después de la práctica. Le llevas algún
regalo, unos bombones, porque dudo que le gusten las flores.
—¿Cómo supiste? —se sorprendió con mis habilidades de pitoniso.
—Porque se nota que ella ve más allá de la belleza superficial de algo.
Si le regalas una flor se va a fijar en que acabas de matar un ser vivo, que se
marchitará a los pocos días frente a sus ojos.
—¿Has estado hablando con ella? —me preguntó sorprendido.
—Obvio, si vamos al mismo taller de pesimismo —se rió de mi broma.
Estaba logrando subirle el ánimo y lo ayudé a planear lo que haría al
día siguiente para conversar con su polola.
Eran cerca de las 8 de la noche cuando el Bryan se decidió a volver a su
casa.
—Sabes que puedes confiar en mí para lo que sea, ¿cierto? —le pregunté
mientras atravesábamos la plazoleta camino al paradero.
—Si, obvio que lo sé. ¿Te cuento algo? —me dijo con complicidad,
sentándose en uno de los columpios de la plaza.
—¿Qué cosa? —pregunté expectante, apoyándome en el fierro que sostenía
la estructura a su lado.
—Al Pedro no le agrada mucho la Karen —sonrió con inocencia.
—¿Por qué no? —estaba sorprendido.
—No se, dice que no le gusta que sea tan controladora —explicó.
—Bueno, el Pedro es muy inteligente, sabe de lo que habla —tomé partido
por el hermano.
—El Pedro también piensa que el Huaso vale callampa. ¿También sabe de lo
que habla? —me preguntó, un poco hostil.
—Ya, perdona. Me pasé —me disculpé.
—Eres muy inteligente, Larry. Solo te falta seguir más a tu mente —se
puso de pie e hizo una seña con la cabeza—. Ya, vamos, que se hace tarde.
Llegamos al paradero y al poco rato pasó la micro y se fue.
Al día siguiente cuando bajamos a almorzar con el Victor, nos
encontramos con el Huaso y la Claudia, que ya estaban comiendo. Vi en los ojos
de mi pololo que se alegraba de verme.
—¿El sábado entonces? —me preguntó, con alegría.
—Si —le respondí devolviéndole la sonrisa, y controlando mis ganas de
acercarme a besarlo.
—¿Qué pasa el sábado? —preguntó curioso el Victor.
—Haremos una orgía en la sala de urgencias con todos los supervisores
—inventé y el Victor se quedó congelado.
El Huaso se rió en silencio por la reacción de su amigo.
—Iremos al cine —contestó el Pato.
—¿De nuevo? —volvió a preguntar, confundido—. ¿No era ayer que iban a
ir?
—No pudimos —respondí escuetamente, sin ahondar en detalles.
—¿Y que van a ver? —preguntó con voz suave la Claudia, sumándose a la
conversación.
—Jurassic World —respondió el Huaso con emoción.
—La Cata me dijo que era super buena. La fue a ver la semana pasada con
el Guille —dijo la Claudia.
—Ojala sea verdad —dije, mirando la hora.
Después de terminar la jornada en el hospital, me fui al caracol a
hablar con mi jefe, para asegurarme que no me hubiera reemplazado
definitivamente.
Entré a la tienda y estaba el nuevo vendedor que me reemplazaba. Era mas
o menos de mi edad, delgado y de piel morena. Bastante lindo a decir verdad.
—¿En que te puedo ayudar? —me preguntó al verme entrar a la tienda,
pensando que era un cliente.
—¿Está tu jefe? —le pregunté de inmediato.
—No, ya vuelve, ¿por? —me preguntó confundido.
—¿Eres nuevo?
—Si, comencé hace un par de semanas. ¿Por qué tantas preguntas?
—Por nada —dije con una sonrisa—. Cuando vuelva tu jefe, ¿le puedes
decir que vine a hablar con él?
Él solo asintió. Yo me despedí con una sonrisa y salí de la tienda.
Al salir me crucé con el jefe, que venía llegando con unas bolsas de
supermercado en la mano.
—¡Larry! ¿Cómo estas? —me saludó mi jefe con su habitual tono
condescendiente.
—Bien, ¿y usted?
—Muy bien, gracias. ¿Qué te trae por acá?
—Vine para hablar con usted. Quería decirle que ya me falta apenas un
mes y medio de práctica y voy a poder volver a trabajar con usted.
—¡Ay Larry!, lamento que eso no va a ser posible —me dijo fingiendo
pena—. Yo sé que te prometí que haría lo posible por mantener tu puesto, pero
tu sabes que no me puedo dar el lujo de estar cinco meses sin vendedor.
—Ah —si bien me lo esperaba, no podía evitar sentirme un poco
decepcionado.
—Estoy seguro que encontrarás trabajo en cualquier otro lado. Eres un
joven muy talentoso y trabajador —palabras de buena crianza, que probablemente no
pensaba—. Ya habíamos cerrado todo antes de que comenzaras tu practica,
¿cierto?
—Si —confirmé, haciendo referencia al sueldo y el contrato.
—Entonces, te deseo suerte —dijo con una falsa sonrisa—. Hasta luego
—dio media vuelta y entró a la tienda.
Me quedé ahí de pie, sintiéndome muy estúpido. Estaba oficialmente
cesante, y aunque en ese momento tampoco tenía tiempo para trabajar, me sentí
desamparado. Comencé a caminar para salir de ahí cuando escuché una voz
familiar que me llamaba. Era la Vicky, saludándome desde la tienda de al lado.
—¿Qué haces acá? —me preguntó, con una sonrisa genuina de alegría al
verme—. ¿Me viniste a ver?
—Vine a ver si aún estaba disponible mi puesto de trabajo —le dije la
verdad—. No pensé que seguirías trabajando acá.
—Si, sigo acá. Vengo menos eso sí, por las clases en la u, pero sigo —me
contó manteniendo su sonrisa—. ¿Cómo está el Huasito? —me preguntó con tono juguetón,
estirando la mano para hacerme cosquillas en el abdomen.
—Está bien, medio enojón, pero bien.
—¿Por qué enojón?
—Por tonteras. Cosas típicas de parejas —dije escuetamente.
—Me sacas pica porque sabes que no tengo pololo y no sé qué son las
cosas típicas de las parejas —se hizo la sentida.
Nos pusimos al corriente con nuestras vidas en este par de meses sin
vernos, y luego nos despedimos, prometiendo hablar mas seguido, al menos por
WhatsApp.
Conversar con la Vicky me había subido el ánimo después de la noticia de
mi cierta cesantía. Al llegar a mi casa, llamé por celular al Huaso para
contarle todo.
—Al menos ya no te va a acosar el viejo ese —dijo el Pato, intentando
ver el lado positivo.
—Pero si nunca me acosó —me reí por la acusación falsa de mi pololo.
—No lo hizo, pero ganas no le faltaron. Si me di cuenta por como te
miraba —explicó—. ¿Cómo era el nuevo vendedor?
—Moreno, flaquito. Como de nuestra edad. Bonito… —lo describí,
recordando sus características físicas.
—¿Viste? Encontró un clon tuyo. Moreno, flaquito y bonito —repitió—. Ni siquiera la hace pasar piola. Tiene un gusto muy
específico.
—Puede ser solo coincidencia —quise creer.
—Imposible. Tu sabes que nunca me equivoco con estas cosas —argumentó el
Huaso.
La verdad tenía razón, la mayoría de las veces acertaba en temas de
quién le gusta a quién.
Terminamos de conversar al rato, porque el Huaso con la Claudia tenían
que continuar estudiando, y aproveché de enviarle un mensaje al Bryan: “Todo
bien?”, quise saber, y esperé su respuesta que nunca llegó.
Al día siguiente después de la jornada de práctica, me fui solo a los
camarines ya que el Victor se quedó conversando con los otros funcionarios de
la unidad, especialmente con una paramédica que le gustaba. Mi compañero había agarrado total confianza con los demás, dejando
atrás sus nervios iniciales a la práctica, y volviendo a ser el viejo Victor, simpático
y extrovertido.
En los camarines me encontré con el Bryan, que estaba terminando de
cambiarse. Se veía tranquilo.
—¿Qué tal te fue, con la Karen? —le pregunté, acercándome a mi casillero
que estaba cercano al suyo.
—Mas o menos —me respondió, después de pensarlo un poco. Se quedó en
silencio y me miró. Se sentó en la banca tras él y después de unos segundos
agregó—. Fui a su casa anoche, le llevé chocolates, como me aconsejaste, y le
pregunté qué onda.
—¿Y que te dijo? —le pregunté, sentándome a su lado.
—Bueno, me explicó que no podíamos seguir juntos porque no se sentía
cómoda estando con alguien que no tuviera el mismo tiempo disponible para ella,
como ella destinaba su tiempo para mí. También me dijo que ella sabía que ese
era un problema de ella, el ser tan controladora, pero que no podía cambiarlo, al menos no de forma tan rápida —terminó de explicarme, al ver mi
cara de incredulidad con su primer comentario.
—¿Y tu lo aceptaste?, ¿así como si nada?
—Sí. Es lo que tú me dijiste. No puedo estar con alguien que me pida más
tiempo del que puedo disponer, y ella lo ve de la misma forma —bajó la mirada,
con vergüenza.
—¿Y como te sientes? —me incliné para intentar ver su rostro—. ¿Estas
bien?
—Si, estoy bien. Estoy tranquilo. Cuando me explicó eso estuvimos mucho
rato conversando, comiéndonos los bombones que le llevé —sonrió por el
recuerdo—. Estuvo lindo. Fue una buena despedida de pololeo.
—Me alegro por ti, Bryan, que estés tranquilo —le dije acercándome a él
para abrazarlo—. Te mereces lo mejor del mundo, en serio.
—Gracias Larry —me dijo, volteándose a mirarme, quedando nuestras caras
a escasos centímetros nuevamente. De improviso se puso de pie y me tomó de la
mano para levantarme y darme un abrazo de frente, más cómodo.
—Ahora solo me queda sacarte a pasear y ayudarte a conquistar muchachas
—le dije en broma después del abrazo.
—Dudo que eso dé buenos resultados —se rió—. Mejor dediquémonos a
terminar esta wea de práctica, que ya estoy chatísimo.
—Si, yo también —coincidí.
Al día siguiente, en la práctica, Ignacio se puso muy exigente conmigo.
Me interrogaba a cada rato sobre los procedimientos y los fundamentos teóricos.
—¿Por qué está tan pesadito contigo el Nacho? —me preguntó el Victor
durante el almuerzo.
—No sé, preguntale tú, que son tan amigos —le dije, un poco molesto.
—Uuuy, ¿Larry está celoso? —se rió.
—No, no es eso —me calmé—. Solo me molesta que me pregunte tanto, me
pongo nervioso y me bloqueo.
—Pero has sabido responder correctamente —me dió ánimos.
—Si, pero igual, me molesta.
Al finalizar la jornada, el supervisor me mandó a hacer una tarea para
investigar las posibles reacciones adversas a la administración de un
medicamento en específico. Si bien me dio lata, no pudo arruinar mi humor para
disfrutar el fin de semana con el Huaso.
El sábado en la noche me puse mi mejor pinta y me fui al cine para
encontrarme con mi pololo, y ver la película que tanto habíamos esperado ver. Se
veía hermoso, como siempre, y una vez dentro de la sala nos pudimos saludar de
beso, con confianza.
Durante la película, el Huaso levantó el apoyabrazos que estaba entre
nosotros y me abrazó durante la película, como si estuviéramos sentados en el sillón
de la casa viendo tele.
Después de la película nos fuimos a su casa, donde el Huaso me hizo
pasar al baño altiro, porque “se le había olvidado arreglar la cama”.
Al salir del baño y entrar a la pieza, el Huaso estaba colocando hielo
alrededor de una botella de champaña dentro de un balde metálico. Formando un
caminito hasta la cama, había puesto velas aromáticas encendidas, al igual que
en el velador y en el escritorio, y “sentado” en la cama, encima de las almohadas,
estaba Mumble, el pingüino de peluche que le había regalado al Huaso para su
cumpleaños, y frente a él, una bandeja con brochetas de frutas. No pude
contener una sonrisa al ver lo hermoso que se veía todo.
—Feliz aniversario, amor —me dijo al verme cerrar la puerta tras de mí.
—Feliz aniversario para ti también, amor —le respondí, acercándome a él.
Se sentó en la cama y me tomó de la mano para que me sentara a su lado—. Te quedó
hermoso todo.
—¿Te gusta? —me preguntó, dándome un beso, mientras con su mano derecha
acariciaba mi cara.
—Me encanta —le respondí con una sonrisa—. Aunque quizás la champaña es
demasiado, ¿no crees?
—¡No! —dijo riéndose—. Son dos años que hay que celebrar, aparte el año pasado no lo celebramos
porque somos muy aweonados —nos reímos ambos.
El Huaso estiró el brazo para agarrar la bandejita con brochetas, que
estaban al otro lado mío.
—Bueno, esta perfecto —acepté con una sonrisa y un beso. Tomé una
brocheta de la bandeja, que me ofrecía el Huaso y me comí un cuadrito de
sandía. Él tomó otra y puso la bandeja a su lado—. Pongámonos mas cómodos.
El Huaso accedió de inmediato. Nos quitamos los zapatos y pantalones, y
nos sentamos apoyándonos en el respaldo de la cama. El Huaso destapó la
champaña y la sirvió en dos copas que estaban en el velador.
Nos pusimos a conversar, comentando la película, mientras el notebook
del Pato reproducía una playlist de spotify con nuestra música favorita.
—Mijito rico Owen —decía mi pololo.
—Estaba mejor Claire —dije bromeando.
—Larry, por favor —se rió, por lo inverosímil de mi comentario.
—¿Qué?, ¿acaso no puedo encontrar rica a una mina? —le pregunté, fingiendo molestia.
—Si puedes, pero con Owen al lado dudo que la hayas mirado mucho a ella —se
volvió a reir.
—Idiota —le dije riéndome también, y golpeándolo con un almohadón.
—No te devuelvo el almohadonazo solo porque está mirando nuestro bebé —dijo
señalando con el mentón a Mumble, que ahora estaba cómodamente sentado en el
velador.
Nos besamos y dimos por cerrado el tema de la película, y no pude evitar
preguntarle por algo que me tenía pensativo de hace días.
—¿Amor? —comencé diciendo.
—Dime.
—¿Tienes algo que contarme? —le pregunté.
—No, nada. ¿Por qué? —respondió un poco descolocado.
—Es que el otro día, cuando se suponía que iríamos al cine, te noté
medio tenso. Enojón, mejor dicho, y después cuando salí a hablar contigo
estabas muy raro —le expliqué.
—Ah, no era nada —dijó casi de inmediato, sin darle importancia—. Solo estaba
cansado y quería estar contigo esa tarde, y el Bryan lo arruinó, es todo.
—¿Estas seguro? —insistí—, porque te conozco, y a pesar de que no me
gustaría, sé que si no pasara nada, te habrías venido enojado a tu casa, y no me
habrías esperado afuera como lo hiciste.
—Pero Larry —me miró a los ojos—, me di cuenta que sobre reaccioné. Entendí
que el Bryan te necesitaba, estaba mal. ¿No puedes aceptar que estoy tratando
de ser menos egoísta?
—No es eso —me sentí un poco culpable—. No eres egoísta —intenté
arreglarlo.
—Mira, yo sé que soy un imbécil a veces, y que te he hecho sufrir por
eso —negué con la cabeza, pero él continuó—. Estoy tratando de cambiar eso. Dejar
de pensar solo en mí, y ser capaz de entender que tú también tienes que estar
ahí para tus amigos cuando te necesiten.
Nos miramos en silencio por un par de segundos, y luego él me besó.
—¿Aunque ese amigo sea el Bryan? —le dije en broma, después del beso.
—Aunque ese amigo sea el Bryan —confirmó él, riéndose.
Nos volvimos a besar, esta vez de forma más pasional. El Huaso tomó su
copa de champaña y la derramó en mi ropa interior.
—Chucha, lo siento —dijo fingiendo que había sido accidental—, voy a
tener que sacártelo, para que se seque.
Me reí por su ocurrencia.
—Si no queda otra alternativa —le seguí el juego.
Me volvió a besar y bajó por mi abdomen hasta llegar a mi bóxer. Le pasó
la lengua, saboreando la champaña derramada, y luego me bajó la prenda, dando
inicio al siguiente nivel de la noche.
Di media vuelta y me fui a mi pieza. Me senté en la cama y dejé que las
lágrimas cayeran por mi cara. Escuché que el Huaso con la Mari salían por la
puerta de entrada, camino a disfrutar ese hermoso día soleado de febrero.
Después de alrededor de media hora, cuando ya me había calmado un poco,
salí de la pieza y vi que estaba la mamá del Huaso haciendo cosas en la cocina.
—Voy a salir a caminar —le avisé, esforzándome en sonreir.
Ella me sonrió de vuelta y solo asintió. Salí por la puerta principal y
vi que la camioneta de mi suegro seguía guardada en el estacionamiento de la
casa.
Caminé sin rumbo por las calles de La Serena, y me tomé mi tiempo para
pensar en todo lo que había pasado en estos días. Si bien podía entender un
poco la reacción del Huaso, por el miedo que le provocaba ser descubierto por
su familia, no podía seguir aguantando la situación. Necesitaba salir de ahí ya
que la actitud del papá del Huaso me hacía sentir incómodo, y no lo podía
soportar.
Volví a la casa al cabo de un par de horas, después de estar bastante
rato tirado en el pasto del parque Pedro de Valdivia. Tenía la esperanza de que
con el tiempo que estuve fuera el Huaso ya habría estado de vuelta, pero no fue
así.
Llegué a la casa decidido a ordenar mi ropa dentro de la maleta e irme.
—Mi mamá está un poco enferma y quiero ir a verla —inventé al darle las
razones a mis suegros del por qué me iría tan luego.
—Espero que se mejore —me deseó mi suegra.
—Gracias —le dije con una sonrisa—. Y gracias por su hospitalidad —no me
atreví a mirar a mi suegro al decir esas palabras.
—¿Y no va a esperar al Patito antes de irse? —me preguntó la mujer,
mientras su esposo observaba silente la interacción, con una leve sonrisa de
satisfacción en la cara.
—No. De hecho el Pato ya sabía que me iría, por eso quería que
saliéramos a dar una vuelta hoy —inventé, y esta vez miré a mi suegro—, para
que dejara de pensar en eso un rato. Después me iría a dejar al terminal.
—Oye, entonces yo te puedo ir a dejar po, aprovechando que el Pato no se
llevó la camioneta —se ofreció el Kevin, y yo acepté su propuesta.
Me despedí de mis suegros con un frío apretón de manos de parte de él, y
con un abrazo un poco mas genuino de parte de ella.
Con el Kevin nos subimos a la camioneta y nos fuimos. Al dejar atrás la
casa suspiré con alivio.
—Oye ya, cuenta la firme —me dijo el Kevin de improviso—, ¿por qué te
vay?
—Por lo de mi mamá po, si les dije —respondí fiel a mi mentira.
—Soy mentiroso weon —se rió y me miró fugazmente mientras manejaba—. Es
porque mi tío te hizo sentir incomodo, ¿cierto?
—No, na que ver —dije intentando esconder el nerviosismo.
—Mira, yo podré ser muy cargante y aweonao, pero no lo soy tanto. Ya sé
que estay enamorado del Pato, y que los comentarios de mi tío te hicieron
sentir incomodo, y por eso te vay —me dijo con tono empático.
—¿Por qué dices eso? —me empezaron a sudar las manos por los nervios.
—Por lo que dijo la Mari po.
Sentí como una ola de furia, en forma de calor, bajaba desde mi cabeza
hasta mis pies.
—¿Qué wea dijo la Mari? —le pregunté sin ocultar la rabia.
—Dijo que erai colita po. Que te haciai amigo de mi primo porque estabai
enamorado de él —reveló con cautela.
Estaba a punto de llorar de rabia e impotencia, pero no lo hice. Me
quedé en silencio unos segundos.
—Oye, a mi no me importa eso, por si acaso —intentó tranquilizarme—. Mi hermano igual es colita, así que no pensí que soy homofóbico
—se refería al Sergio.
—¿Cuándo te dijo esa wea? —pregunté, intentando que no me temblara la
voz.
—O sea, a mí no me lo dijo. Se lo dijo a mis tíos cuando yo no estaba,
creo que el día antes que yo llegara —tenía sentido. Por culpa de eso el papá
del Huaso había cambiado su actitud hacia mi.
—Por favor no se lo digas al Huaso —le pedí, dándole a entender que lo que
había dicho la Mari era cierto—, ni a sus papás.
—Tranquilo wn, soy una tumba. Aparte, te la debo.
—¿Por qué me la debes? —pregunté confundido.
—Porque si po. La wea que me dijiste anoche me dejó pensando caleta.
—¿Qué cosa?
—Eso de que soy muy cargante con las minas. Nunca lo había pensado así.
—¿En serio? —intenté no reirme—. Me alegro que lo hayas meditado.
—Si —me dijo con un poco de vergüenza—. Igual por eso también te tengo
que decir, que te olvides de mi primo. O sea, no que te olvides, pueden seguir
siendo amigos, pero que no te enamores. Porque no quieres terminar siendo no
correspondido como yo.
Me dio cierta ternura su frase final, y el hecho de que pensara que mi
amor por el Huaso era unidireccional.
—Bueno, lo intentaré —acordé, falsamente.
Se detuvo fuera del terminal y se despidió de mí, se bajó de la
camioneta, bajó la maleta y me dio un abrazo.
—Cuídate Larry, nos vemos algun día.
Se subió a la camioneta y se fue.
Entré al terminal y me dirigí a las boleterías a ver si encontraba algún
pasaje disponible. El único que pude encontrar salía a la 1:00 am así que solo
me quedaba esperar poco mas de cuatro horas.
Acosté la maleta en el piso y me senté sobre ella a esperar, bajo el
mesón de una boletería ya cerrada. Miraba hacia ambas entradas, con la
esperanza de que apareciera el Huaso a buscarme.
Me estaba quedando dormido, apoyando la cabeza entre mis rodillas,
cuando escuché una voz familiar a mi lado.
—¿Hay espacio para uno mas en esa maleta? —era el Huaso, mirándome desde
arriba con una sonrisa. Quería levantarme y besarlo, pero simplemente me hice a
un lado, y él tomó asiento—. ¿Qué haces acá?
—Me voy a Antofa —le respondí, luchando con un bostezo. Miré mi celular
y eran las 22:30—. ¿Y tu, que haces acá?
—Vine a pedirte perdón —me dijo buscándome la mirada. No quería mirarlo
a los ojos porque sabía que podía llorar.
—¿Y tu viejo te dejó venir? —pregunté con ironía.
—No —tomó una pausa—, no quería que viniera.
—¿Y que les dijiste?
—Que se te había quedado una cosa.
—¿Qué cosa?
—Mi beso —apoyó su mentón en mi hombro, después de asegurarse que no había
nadie cerca.
No pude contener la sonrisa ante su ocurrencia.
—Perdóname, por favor —me pidió pasando su brazo por mi espalda.
—¿Cómo lo pasaste con la Mari? —cambié de tema. No quería perdonarlo tan
rápido.
—Mmh piola —respondió con indiferencia. Yo esperaba que dijera
tajantemente que lo habían pasado mal.
Nos quedamos en silencio mientras evaluaba en mi mente si contarle lo
que el Kevin me había dicho de la Mari. El Huaso quitó su brazo de mi espalda y
cruzó los brazos sobre su pecho. Ambos estábamos mirando al frente, a la nada.
—Ella le dijo a tus viejos que soy gay —finalmente le dije, con un nudo
en la garganta.
—Lo sé —me respondió, y me volteé a mirarlo, sorprendido—, me lo dijo
hoy, cuando salimos —agregó rápidamente al ver mi rostro.
—¿Y que le dijiste tu?
—Nada… que el saber eso no cambia en nada nuestra amistad.
—¿Amistad? —pregunté molesto.
—Sí
—respondió como si fuera obvio.
—Entonces, tu ex te confesó que anduvo inventando weas sobre mi y no le
dijiste nada —resumí.
—No, no es tan así —intentó explicarse—. Aparte, ¿qué inventó?, ¿acaso
es mentira que eres gay y que estas enamorado de mi?
Me dio rabia su respuesta. Quería gritarle la vida y decirle que me molestaba que le hiciera caso a
su papá por miedo, que me daba rabia que se haya ido con la Mari en vez de conmigo,
y que me daba pena que no se diera cuenta de todo eso, y que tuviera que ser yo
el que se lo dijera.
Pero no dije nada, me quedé en silencio, mirando la boletería cerrada de
enfrente, mientras me caían las lágrimas por las mejillas.
—Larry, no quiero pelear —dijo finalmente, después de un largo silencio.
—Yo tampoco —admití.
—Nos vemos en dos semanas, entonces —comentó, dando por cerrada la
conversación.
Asentí. Me tomó la cabeza y me dio un beso en la sien derecha.
Volteé la cabeza y lo miré con los ojos llorosos.
—Te amo —le dije, apenas audible.
—Yo también —respondió después de una risita. Miró alrededor, como
esperando que quedásemos solos, pero no hubo suerte, y se puso de pie—. Nos
vemos en Antofa —me sonrió, se dio media vuelta y se marchó.
Me quedé ahí sentado, solo, y por fin pude soltar el llanto que me
estuve aguantando. Puse mi cabeza sobre mis rodillas e ignoré todo a mi
alrededor.
Tomé el bus pasada la una de la mañana y me quedé dormido de inmediato.
No desperté hasta llegar a Antofagasta. Llegué a mi casa, que estaba vacía
porque mis padres no llegarían desde Buin hasta dentro de un par de días más.
Me acosté en mi cama y volví a dormir.
Me desperté como a medianoche, prendí la tele y me quedé viendo el
reality del mega. Llamé al Bryan por teléfono para saber si nos podíamos juntar
al día siguiente.
—Difícil, mañana íbamos a ir a Hornitos con la Karen, mi hermano y el
Victor —me contó.
—Ah, bueno. Que disfruten el dia —dije con sinceridad.
—Pero si quieres puedes venir, demás el Pedro con el Victor te hacen un
espacio en su carpa.
—No, no te preocupes. Tengo que hacer trámites mañana, por eso pensé que
podíamos juntarnos después de eso —inventé. En verdad no tenía ganas de tocar
el violin frente a dos parejas felices.
Me despedí de mi amigo y seguí viendo tele, poniéndome al día con la
basura televisiva que me enviciaba en las noches de verano.
Estuve todos los días encerrado en mi casa, sin ganas de nada, esperando
que el Bryan volviera de la playa. Al final el día miércoles por fin llegó de
su acampada en el balneario de veraneo, así que me dijo que el jueves nos
juntáramos.
Cuando llegó a mi casa me sorprendió porque irradiaba felicidad, como
hacía mucho tiempo no lo hacía. Imaginé una comparativa de nosotros, ambos en
extremos opuestos del aspecto emocional.
—¿Cómo estuvo Hornitos? —le pregunté mientras instalaba el play en la tv
del living.
—Entrete, súper bueno. Se suponía que iríamos por dos días, pero al
final nos quedamos por tres —me contó con alegría—. ¿Y tu?, ¿Cómo estas?, ¿Cómo
te fue en tus aventuras en el sur?
—Pésimo —por lo general tenía tendencia a dramatizar, aunque en ese
momento de verdad me sentía bastante literal. De todas formas lo dije riéndome,
como bajándole el perfil.
—¿Por qué?, ¿qué te pasó? —me preguntó preocupado.
—No debí haber ido a la casa del Huaso. Fue lo peor que pude haber
hecho.
—¿Por qué?, ¿te hizo algo? —se inclinó poniendo su mano sobre mi hombro.
—No —respondí de inmediato—. Bueno, si. Te explico —le conté todo, desde
las sorpresivas visitas de la Mari, las incómodas situaciones con la homofobia
del papá del Huaso, el fallido plan del catorce, hasta los comentarios de la
Mari con mis suegros sobre mi—. Lo peor de todo es que cuando llegó al
terminal, ni siquiera se preocupó de como estaba. Fue super frío.
—Te juro que si lo veo le saco la chucha, por imbécil —me dijo enojado.
—¡No! —lo corregí—. Tu no eres así wn. Tu dialogas; por favor no pierdas
eso que te hace tan bacan.
—Ya, si fue una wea del momento —se rió con timidez—. ¿Tu le dijiste que
te habían molestado todas esas cosas?
—Si po. O sea, no —pensé—. No sé. no le dije verbalmente que me molestó
todo eso, pero me sentía pésimo y él lo sabía, me vió como estaba. Quizás
exageré en el momento, pero igualmente siento como que no le importó.
El Bryan se quedó en silencio, como pensando meticulosamente lo que iba
a decir.
—¿Cómo quedaron al final?, ¿lo perdonaste?
—No lo perdoné. O quizás él se quedó con esa impresión. Cuando se fue le
dije que lo amaba —me sentí un poco estúpido—. ¿Crees que haya pasado algo
entre él y la Mari ese día?
—No lo sé. No se si te fue infiel o no —me dijo mirándome a los ojos—.
Solo se que te mereces un weon mucho mejor que el Huaso, alguien que de verdad
te valore.
Me sonrojé un poco con sus palabras. No veía una posibilidad de estar
con alguien más que no fuera el Huaso.
—Dudo que exista alguien mas —dije en tono de broma.
El Bryan permaneció serio.
—Larry, yo quiero que seai feliz wn. Y ahora, por como te trata el
Huaso, no eres feliz. Deberías usar estas semanas en que están separados para
meditar tu situación y ver que pasa. No quiero decirte “termina con el Huaso,
porque el weon es malo”, porque eso es algo que tu te tienes que dar cuenta;
solo puedo decirte que mereces más —me dijo con una sonrisa, y se acercó a darme
un apretado abrazo.
Nos pusimos a jugar y cambiamos de tema. Le pregunté como iba su pololeo
con la Karen, y me contó que estaba todo bien, mejor que nunca, aunque no quiso
ahondar mucho (quizás para no hacerme sentir incómodo por mi deplorable
situación amorosa).
Se quedó hasta cerca de las once de la noche, levantándome el ánimo y
haciéndome sentir alegría por primera vez en muchos días.
—Gracias, por subirme el ánimo —le dije cuando me despedí de él, en el
paradero.
—Cuando quieras —me respondió con su característica sonrisa genuina.
Nos despedimos con un abrazo y tomó la micro. Yo volví a mi casa, ordené
y me acosté a dormir.
Durante el fin de semana mis padres volvieron de Buin, así que dejé de
tener mis momentos de soledad insoportable en casa. La dinámica de compartir
con ellos cotidianamente me sacó un poco de ese estado de enquistamiento en el
que me estaba sumergiendo.
—¿Como estuvo tu estadía en La Serena? —me preguntó mi papá cuando llegaron.
—Buena —obviamente mentí, aunque desvié la mirada cuando lo hice—, ¿como estuvieron el resto de los días en Buin?
—Te perdiste lo mejor, cuando llegó el Matías, tu primo, con su señora, nos reímos sin parar todos los días
—dijo mi madre. En verdad lo dudaba, mi primo Matías solía tener un humor muy “conservador”, y con eso no me refiero a recatado, sino mas bien a discriminador.
El fin de semana anterior al regreso de clases, donde nos designarían
los puestos de práctica profesional, nos juntamos en la casa del Bryan para
despedirnos del verano. Estaba obviamente el anfitrión (y su hermano, ambos con
sus respectivas parejas), el Victor, la Cata, y sorpresivamente, el Guillermo.
—¿Están juntos ustedes? —le pregunté a la Cata, al verla llegar junto al
Guille.
—Si —respondió ella con timidez, mientras el Guillermo sonreía como un
niño al que le compran el dulce mas grande de la tienda.
—¿Y desde cuando? —la curiosidad me mataba.
—Bueno, desde el año nuevo, que nos encontramos en un carrete, y desde
entonces empezamos a salir, y formalizamos todo el catorce —me contó él, sin
contener la emoción. Me alegraba saber que alguien lo había pasado bien ese
día.
La Cata no me preguntó nada por el Huaso, porque sabía que el Guillermo
probablemente no tenía idea al respecto. Durante la noche, ella se puso a
conversar animadamente con la Karen.
—¿Quién diría que se llevarían tan bien? —le comenté al Bryan durante la
noche.
—Bueno, claramente tienen cosas en común —respondió él.
—Ambas tienen buen gusto al menos —adulé a mi amigo.
—¿Estas diciendo que soy guapo? —preguntó coquetamente.
—Obvio, ¿o acaso crees que yo sería amigo de alguien feo? —bromié
patudamente—. Si sabes que eres guapo —le dije en serio—, y eso es bacan porque
no te crees la raja.
El Bryan me iba a responder cuando apareció el Victor a interrumpir
nuestra conversación.
—Bryan, dile a tu hermano que cambie de pololo. Me carga que cuando le
habla a su pololo por el nombre yo pienso que me habla a mi —dijo el Victor
fingiendo enojo.
—¿Será que en el fondo quieres que mi hermano te diga todas esas cosas
lindas a ti? —le preguntó con sorna el Bryan.
—Sabes que tu hermanito no es de mi gusto —respondió fingiendo indignación—.
Aparte, si debo elegir dentro de la familia, me quedo contigo sin dudarlo —el
Victor tomó de la cabeza al Bryan y le dio un beso en la mejilla.
El Bryan se puso rojo, y con el Victor nos reímos por la situación.
—¿Qué les pasa conmigo hoy? —preguntó aguantándose la risa mientras se
pasaba la mano por la mejilla, y se fue a conversar con la Karen.
—Oye, ¿y el Huaso por que no vino? —me preguntó el Victor, una vez nos
quedamos solos.
—Aún no llega de La Serena —le informé. Había hablado poco con el Huaso, pero dentro de eso, me dijo que llegaría el día lunes al mediodía. El Victor no
sabía lo que había pasado con el Huaso, y no tenía ganas de contarle tampoco—.
¿Y la Claudia?, ¿sabes por qué no vino? —le pregunté, cambiando el tema.
—Creo que anda en Viña ahora, me dijo que llegaría mañana —me informó.
La verdad no me importaba mucho, solo no quería hablar del Huaso.
—¿Estas nervioso por la práctica? —le pregunté.
—Mas que la chucha —admitió—, ¿y tu?
—También —nos reímos—. Pero no creo que sea tan difícil, ¿o si?
—No sé —el Victor se puso pensativo y tenía una expresión de miedo en su
rostro.
—Oye, tranquilo. Nos va a salir todo bien —intenté darle confianza.
—Si, si sé —dijo, intentando convencerse.
Continuamos compartiendo entre todos, pasándola bien, relajándonos y
disfrutando nuestro ultimo fin de semana libre de estrés.
El día lunes, llegamos a las 8 de la tarde (hora en que nos había citado
la jefa), y esperamos que nos atendieran. La profe nos llevó a una sala pequeña
donde cabíamos los ocho alumnos que debíamos hacer la práctica. Una vez
la profe estaba explicándonos todo, dentro de la sala, llegó el Huaso, atrasado y pidió permiso para entrar.
La jefa nos explicó toda la dinámica de la práctica, las fechas de
inicio y término, y las parejas (determinadas al azar) que nos acompañarían
durante todo el proceso. A mi me tocó con el Victor, al Huaso con la Claudia,
al Bryan con la Cata y la otra pareja eran dos compañeras que nunca mencioné.
—Larry, ¿podemos hablar? —me preguntó el Huaso, apenas la profe dio por
terminada la reunión.
Asentí como respuesta, y nos fuimos caminando por la universidad,
buscando un lugar privado donde conversar. Bajo la escasa iluminación de la
casa de estudios, el entorno se veía penumbroso. Finalmente el Huaso me llevó a la parte
posterior del gimnasio.
Apenas confirmó que no había nadie, se volteó hacia mí y me abrazó con
fuerza
—¿Cómo estas? —me preguntó al oído mientras me abrazaba.
—Bien —respondí. Aunque sea mentira, uno siempre responde “bien”.
Me tomó de la mano y me sentó en una banca. Él se arrodilló en el piso
frente a mí, mirándome a los ojos, con mi mano aún entre las suyas.
—Te quería pedir perdón, por ser un conchesumadre —dijo con vergüenza en
su mirada.
Me quedé en silencio un momento, pensando qué decir.
—¿Por qué actuaste así ese dia? —le pregunté—. Puedo entender que le
tengai miedo a tu viejo, a que sepa que estamos pololeando, hasta podría
entender que te hayas ido con la Mari y no conmigo, pero lo que no entiendo es
por qué fuiste tan frío en el terminal, si estábamos solos, no había nadie que
te pudiera decir algo. Y aún así lograste hacerme sentir peor —le dije con un
nudo en la garganta.
—Tenía la mente en otra parte… Mi viejo se enojó mucho cuando les dije
que te iría a buscar, y estuve todo el rato pensando en eso, en cómo arreglaría
todo —me explicó.
—¿Y por qué no me dijiste eso entonces? Lo habríamos solucionado juntos,
te habría ayudado a inventar algo, como siempre hacemos —nos quedamos en
silencio unos segundos. El Huaso bajó la mirada, en señal de arrepentimiento—. ¿Por
qué no le dijiste nada a la Mari cuando te contó que andaba diciendo esas cosas
de mi?
—Bueno, en realidad si me enojé con ella, un poco. Pero tu sabí como
soy, no puedo estar mucho rato enojado con alguien —se defendió.
—¿En serio, Pato? —le pregunté serio—, literalmente te enojai por puras
weas conmigo.
—Pero es distinto, amor —repuso—. Me enojo contigo porque me importas,
con cualquier otra persona me da lo mismo que sepan que me molesta algo, porque
después no las veré mas.
No me convenció su excusa, pero al menos me volvió a decir “amor”, como
hacía meses no me decía.
—Bueno, al menos yo sé que no la voy a volver a ver. Ni a la Mari ni a
tu viejo, así que me da lo mismo lo que piensen de mí —intenté hacerme el
fuerte.
—Mi vieja te echó de menos —me dijo con alegría—, después que te fuiste.
“Tan respetuoso que es”, me decía, “qué raro que no tenga polola, la chiquilla
que elija va a ser muy afortunada” —se rió.
—Voy a tener que empezar a buscarme una chiquilla afortunada entonces —dije
con ironía.
—No, si me tienes a mí —protestó.
—¿Tu eres mi chiquilla afortunada? —le pregunté.
—Si, yo soy tu chiquilla afortunada —nos reímos y se acercó a darme un
beso.
Mientras nos besábamos sentí como caían las lágrimas por su cara, y su
cuerpo temblaba.
—Perdóname, por favor —me pidió una vez más, con la voz temblorosa. Yo solo
asentí y lo volví a besar.
El Huaso provocaba algo en mí que no me dejaba ser orgulloso. Lo amaba, y extrañaba estar con él, abrazarlo, besarlo y sentirlo, por eso no pude evitar perdonarlo de inmediato. Sentí que por fin volveríamos a ser felices, en nuestra ciudad, sin exes que se metieran entremedio, ni suegros que nos hicieran la vida imposible.
Nos quedamos ahí sentados en la banca, apoyados en el respaldo mirando
el cielo en silencio. Luego nos levantamos para ir a tomar la micro, y nos fuimos de la mano
por la oscuridad del terreno de tierra, dejando atrás los malos recuerdos del viaje a La Serena.